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jueves, 20 de octubre de 2016

La Bayamesa: un canto al decoro cubano


En agosto de 1980 se aprobó el decreto ley instituyendo al 20 de octubre como Día de la cultura cubana
«En cadenas vivir, es vivir, En afrenta y oprobio sumidos»
Solamente de la lectura de los acontecimientos históricos surge la comprensión correcta de cómo van estructurándose en el orden jurídico los hitos que señalan la vocación y los sentimientos de un pueblo. En agosto de 1980 se aprobó el decreto ley instituyendo al 20 de octubre como Día de la cultura cubana. ¿A qué se referían los legisladores?

Recuerdo vivamente los sentimientos personales en relación con Carlos Manuel de Céspedes y el Mayor General Pedro Figueredo expresados por el compañero Fidel. Del primero, en su memorable discurso del 10 de octubre de 1968, en ocasión del centenario del inicio de la gesta independentista, quedó una definición abarcadora y absoluta: «...lo que engrandece a Céspedes es no solo la decisión adoptada, firme y resuelta de levantarse en armas, sino el acto con que acompañó aquella decisión —que fue el primer acto después de la proclamación de la independencia—, que fue concederles la libertad a sus esclavos, a la vez que proclamar su criterio sobre la esclavitud, su disposición a la abolición de la esclavitud en nuestro país».

Gran verdad que encierra la comprensión dialéctica de un proceso político de sólida continuidad: «Nosotros entonces

—aseguró ese día— hubiéramos sido como ellos; ellos hoy hu­bieran sido como nosotros». Fidel halló razones suficientes en el acto audaz y simbólico de aquel 20 de octubre de 1868 para suscribir un decreto ley fundamentado en la interpretación pública del Himno Nacional en la ciudad de San Salvador de Bayamo, devenida capital de la insurgencia patriótica.

La participación popular mostró una unánime sintonía con aquella estructura musical y poética que al decir de la Doctora María Teresa Linares «sigue el patrón rítmico de una marcha, está dividido en dos partes que se complementan en la música desde el punto de vista melódico y formal». El texto «en estrofas de cuatro versos decasílabos corresponde a las estructuras que se usaban en el siglo XIX para las canciones» ya criollas. De manera excepcional, en una obra lograda se reunieron los valores fundamentales de la cultura cubana.

Es cierto que el Doctor Figueredo, nacido en Bayamo en 1818, abogado y notable animador de la vida intelectual entre sus contemporáneos tenía como afición cultivada el amor a la música, de lo cual hallamos antecedentes en su condición de miembro y partícipe de la sociedad La Filarmónica, en Ba­ya­mo, ciudad que junto a Manzanillo mostraba una asombrosa actualidad de los hechos relevantes en la cultura mundial. Allí confluía con hombres del mundo del arte y la literatura como Juan Clemente Zenea, José Joaquín Palma, José Fornaris y José María Izaguirre.

No era precisamente un músico pero había afinado pianos para pagarse sus estudios y poseía los rudimentos necesarios como compositor. Mucho debe haber influido su conocimiento del patrimonio sonoro universal que creció en sus estancias europeas. Me decía el anciano maestro Manuel
Duchesne Mo­rillas, quien fuera director de la Banda Municipal de La Habana, que en nuestro Himno hay algo de El Barbero de Se­villa, la ópera de Gioachino Rossini y desde luego, de los vigorosos acordes de La Marsellesa, el glorioso cántico de la Re­volución Francesa de 1789.

Evocábamos además, que al crear su magistral Obertura romántica en 1812, Pyotr Ilyich Tchaikovsky incorporó en la épica composición del tema de la batalla de Borodino los aires del himno nacional del imperio ruso y de La Marsellesa, al abordar el drama sonoro de la batalla del río Moscova que enfrentó a la Grande Armée francesa bajo el mando de Napoleón I de Francia y al ejército de Alejandro I de Rusia.

En su versión original, nuestro himno —identificado también como La Bayamesa— se escuchó por vez primera en la festividad religiosa del Corpus Christi, en la Iglesia Parroquial de Bayamo, el 11 de junio de 1868, durante la Misa solemne y procesión popular. Figueredo le había entregado con anterioridad la partitura a Manuel Muñoz, director de la orquesta de la Iglesia Mayor, para su arreglo instrumental.

No olvidemos que la monarquía española se consideraba y de derecho pontificio lo era, católica. El capitán general, por ende, era el vicerreal patrono de la Iglesia y las autoridades lo­cales militares y civiles comparecían en las fiestas y ceremonias solemnes. No es de extrañar que al escucharse aquella me­lodía le surgiese la interrogante al coronel español Julián Udaeta, Go­bernador Militar de esa Plaza, de que más parecía marcha militar que himno piadoso.

Se conspiraba en Bayamo y en otras localidades del centro, Oriente y Occidente de Cuba. Y entre el grupo de los liberales más conspicuos, masón de grado, se encontraba el Dr. Fi­gue­redo. El 20 de octubre, rendida la plaza después de un apasionante asedio, Céspedes, en su condición de líder del movimiento, ofreció una capitulación con honor al coronel Udaeta y atrajo al seno de la insurgencia a Modesto Díaz, el exoficial dominicano devenido servidor de la milicia realista. Este llegaría a ser en su ejecutoria posterior el incapturable guerrillero que tendría por orgullo el apelativo de Jabalí de Oriente.

Al adentrarse en Bayamo el recién estrenado Ejército Libertador, no lejos del atrevido caudillo que había dado la libertad a sus esclavos y proclamado el derecho a la emancipación y al ejercicio pleno de la libertad para todos los cubanos, marchaba el Dr. Figueredo. Se dice que el día 20, mientras festejaban la toma patriótica de la villa, sobre la montura de su caballo Pajarito iba Perucho componiendo el poema de su memorable e inmortal Ba­ya­mesa, cuya melodía ya tarareaba la multitud: Al combate corred bayameses que la patria os contempla orgullosa… Y no lejos de él, atraía poderosamente la atención su hija Candelaria, abanderada de la tropa, jinete de bata blanca, llevando el gorro frigio y los atributos de la bandera de Cuba.

Céspedes entraría en la Iglesia Mayor bajo Palio, el dosel bordado sostenido por seis varas de plata a cuya sombra ingresaba siempre la máxima autoridad y asumió el título provisorio de Capitán General del Ejército Libertador de Cuba. Allí se escucharía el Te Deum, canto de gratitud al altísimo y de victoria, solo entonado en contadas oportunidades, y más tarde, sobre las gradas que preceden a la puerta principal de lo que es hoy la catedral de aquella ciudad, el coro reforzado por miles de voces populares interpretó por vez primera nuestro Himno.

Al Dr. Figueredo el destino le depararía duras pruebas. Su vida como hombre de gabinete no era la de su mentor y amigo Céspedes, jinete y esgrimista, hombre temible en el uso del arma de fuego probada en la caza o el duelo. Era Perucho un ser reflexivo, cuyos ojos en el retrato que conservamos, obra del maestro santiaguero Federico Martínez, aparecen brillantes pero marchitos por la lectura y el estudio. No soportaría los rigores de la guerra. Enfermo le capturaron y sus sentimientos fueron los mismos de aquella proclama que dirigió al pueblo bayamés en octubre de 1868: «Yo me uniré a Céspedes y con él marcharé a la gloria o al cadalso».

Lo acompañó en lo primero y le precedió en la muerte. Fue fusilado descalzo, en un matadero de animales al que llegó por sus propios pies ulcerados, exhausto pero inamovible en sus ideas independentistas, el 17 de agosto de 1870, en Santiago de Cuba. Yace en una fosa común jamás identificada pero su nombre permanecerá perennemente unido al de su obra ma­yor, nuestro Himno. Ante su efigie y su memoria han de in­clinarse con la cabeza descubierta los cubanos de todos los tiempos.

La versión del bello cántico que entonamos hoy la debemos también al Apóstol José Martí, quien publicó la letra y una variante musicalizada por Emilio Agramonte, en la edición del periódico Patria, el 25 de junio de 1892, con la sentida esperanza de que lo entonaran enardecidos «todos los labios y lo guardaran todos los hogares (…), el himno en cuyos acordes, en la hora más bella y solemne de nuestra patria, se alzó el decoro dormido en el pecho de los hombres».



*Historiador de la Ciudad de La Habana

martes, 20 de octubre de 2015

20 de octubre, día de la cultura cubana

Al combate corrieron los bayameses aquel 20 de octubre de 1868 cuando Carlos Manuel de Céspedes tomó la oriental ciudad. De mano en mano circuló la letra del himno que compuso Perucho Figueredo, “nuestra marsellesa” y la multitud entonó sus notas cual firme declaración de principios. La rebeldía del cubano desbordaba aquellos versos y el canto colectivo hizo historia. Años después “la bayamesa” se convirtió en el Himno Nacional de Cuba y el 20 de octubre fue declarado Día de la Cultura Cubana.

sábado, 20 de octubre de 2012

20 de Octubre, Día de la Cultura Cubana Compromisos y desafíos

20 de Octubre, Día de la Cultura Cubana
Compromisos y desafíos


Cuando los bayameses el 20 de octubre de 1868 escucharon por primera vez la letra del enérgico canto, en el que se jura que "morir por la Patria es vivir", quedó simbólicamente sellada la articulación entre justicia, libertad e identidad en el destino de la nación cubana.

Diez días atrás, en La Demajagua, Carlos Manuel de Céspedes y sus huestes aguerridas, entre las que se encontraban decenas de negros esclavos recién liberados, se habían lanzado a combatir contra el poder opresor colonial. El espíritu del canto que luego devino nuestro Himno Nacional revelaba la íntima vinculación entre poesía y acción en la lucha por conquistar la independencia política y la justicia social.

Es por ello que la fecha del 20 de octubre fue proclamada para celebrar el Día de la Cultura Cubana, en una jornada que cada año propicia la exaltación de los valores espirituales y las realizaciones culturales, multiplicadas como nunca antes luego del triunfo revolucionario de Enero de 1959.

También esta honrosa y hermosa conmemoración debe abrir espacio a los necesarios caminos de la reflexión que nos conduzcan a ponderar el papel de la cultura en los tiempos que corren y su incidencia en la sociedad que por encima de incontables obstáculos y graves desafíos hemos decidido construir.

Este 20 de octubre transcurre en medio del proceso de actualización del modelo socialista cubano, cuyas pautas fueron trazadas por el Sexto Congreso del Partido en sus Lineamientos Económicos y Sociales aprobados luego de una ejemplar y democrática consulta popular.

Como se sabe, la mayoría de las tareas que se acometen y las medidas que progresivamente se irán poniendo en práctica tienen que ver con el reordenamiento de la actividad productiva y de los servicios y el perfeccionamiento del funcionamiento de las estructuras del Estado y el Gobierno, proceso al que no son ajenas, naturalmente, las instituciones del sistema de la cultura.

Pero no es a estas últimas a las que nos vamos a referir, sino a un concepto de cultura que recorre transversalmente todos los ámbitos de la vida nacional. Se trata de llamar la atención acerca de cómo toda transformación en el orden material implica el factor humano. Son las mujeres y los hombres, los ciudadanos, desde la base hasta la superestructura, quienes llevan a cabo esas transformaciones, para lo cual, como se ha insistido, hace falta un cambio de mentalidad.

 Y para promover y consolidar este cambio, que debe operarse en el campo de la subjetividad, es imprescindible a su vez promover y consolidar valores implícitos en una concepción integral, abarcadora y radical de la cultura.

Saber de dónde venimos, quiénes somos y hacia dónde queremos ir pasa ineludiblemente por coordenadas éticas y estéticas depreciadas en la actualidad en buena parte del mundo, donde la desmemoria histórica, el presentismo, el afán desmedido de consumo, la mediocridad y el mal gusto abaratan la existencia de millones de personas.

 Tampoco podemos ignorar cómo los que aspiran a destruir la Revolución cuentan con erosionar nuestros valores y entronizar en nuestro seno elementos disociadores y desmovilizadores.

Al evaluar esta problemática, la Primera Conferencia del Partido aprobó líneas muy precisas de trabajo encaminadas a fortalecer el tejido sociocultural y que exigen compromisos de los más diversos sectores de nuestra sociedad, las cuales se reflejan en los siguientes objetivos:

No.59. Garantizar que los proyectos culturales, dirigidos a nuestro pueblo, se diversifiquen, enriquezcan la vida espiritual en las comunidades, revitalicen las tradiciones, lleguen a los lugares más recónditos y excluyan enfoques mercantilistas u otros de diferente naturaleza que distorsionen la política cultural.

No.61. Promover a escala masiva, mediante el trabajo integrado de las instituciones culturales, medios de comunicación, directores de programas, espectáculos, artistas e intelectuales, instructores de arte y promotores, la capacidad de apreciación artística y literaria y el fomento de valores éticos y estéticos, así como la erradicación de manifestaciones de chabacanería y mal gusto que atenten contra la dignidad de las personas y la sensibilidad de la población.

En la medida que seamos consecuentes y creadores en la concreción de dichos objetivos, tendremos a mujeres y hombres, sobre todo en las generaciones emergentes, capaces de preservar nuestros valores, aportar nuevas contribuciones al desarrollo de nuestra identidad y sentar las bases para una sociedad más justa y plena.