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domingo, 5 de junio de 2016

La renuncia de Almagro.Por Leandro Guille


Tomado de la Pupila Insomne



Un editorial de la revista uruguaya Caras y caretas plantea que el Frente Amplio, la organización política de cuyo gobierno fue canciller el actual Secretario General de la OEA, debe pedir su renuncia y disculparse con Venezuela.

El Frente Amplio tendría que pedir la renuncia de Luis Almagro a la secretaría general de la OEA. Debería bastar una declaración sencilla de la Mesa Política o, mejor aún, del Plenario Nacional. No es necesario ingresar el asunto al Parlamento ni intentar propiciar una solicitud formal del Estado uruguayo que, como miembro pleno de ese desprestigiado organismo puede, naturalmente, elevar sus quejas y reclamos de dimisión cuando lo considere oportuno. Pero no tendría mucho sentido embarcar a nuestro país en una campaña de ese tenor para enmendar un error que es pura y exclusivamente del Frente Amplio. Acá no le cabe responsabilidad a más nadie. Ni a la oposición ni a los medios de comunicación ni a ningún otro actor importante de la política nacional. Almagro como secretario general de la OEA es un horror íntimo del Frente Amplio, un mamarracho de nuestra prosapia. Y por eso, y por la vergüenza que debería producirnos la gestión de nuestro ex ministro al frente de la OEA, sería apropiado un acto reparatorio, un honesto mensaje con intención de desagravio a toda América Latina, pero especialmente a la República Bolivariana de Venezuela, con la que está ensañado
.
Es bien conocido que Luis Almagro no representa al Frente Amplio ni al MPP ni a Uruguay ni al presidente ni a José Mujica, su descubridor y principal promotor hasta que le cayó la ficha de que Almagro era otra cosa distinta a la que él creía, y le propinó públicamente un decepcionado adiós por mail. Pero es tan cierto que no nos representa en la OEA como que no habría alcanzado su cumbre sin un empujoncito frenteamplista. Hemos cometido una grosera estafa al resto de nuestros hermanos del continente y sólo no exculpa la certeza unánime de que no teníamos idea del bicho que estábamos traficando. Algo debimos haber sospechado cuando el Departamento de Estado se pronunció calurosamente a favor de su candidatura, y algo más cuando nuestro canciller se alzaba con 33 de los 34 votos, en una abrumadora votación que lo ungía como secretario general de la organización moribunda.

Y hasta ahí llegó el señor Almagro, a caballo del prestigio de José Mujica, y muchos creíamos que íbamos a tener por primera vez una OEA en sintonía con los cambios, con un aroma o por lo menos un dejo a antimperialismo, y sin embargo nos encontramos con un feroz representante de la posición política de Estados Unidos hacia el gobierno de Venezuela. Todas las cartas de Almagro sobre Venezuela son entrometidas e irrespetuosas con el gobierno y con el pueblo venezolano. Son irresponsables, extralimitadas, absurdas. Algunos tramos de sus larguísimas misivas son escandalosos y, además, soberbios: se atreve a analizar los procesos judiciales, penales, electorales, y hasta los procedimientos de asignación de bancas en ese país, con un grado de osadía asombroso. Pero el último de los pronunciamientos de Almagro, referido al fallo del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) de Venezuela en el que se anulan las resoluciones de la Asamblea Nacional hasta tanto no se dé marcha atrás con la juramentación en desacato de tres legisladores opositores, cuya elección había quedado en suspenso por decisión del propio TSJ, tras ser impugnados a fines del año pasado, ha resultado un papelón monumental. Porque hasta la propia oposición venezolana aceptó el fallo y dio marcha atrás con las juras irregulares. Almagro quedó estaqueado en una ubicación más extrema que los propios interesados. Más realista que el rey. Ridículo en su papel de peón del Departamento de Estado. Una vergüenza para la OEA -que, de todos modos, ha sido muy afecta a las actitudes vergonzosas- y, lamentablemente, una vergüenza para Uruguay y para el Frente Amplio.

Yo me pregunto qué pasaría si nos sucediera algo similar. Si el PSUV hubiera hecho lobby para que acompañáramos la postulación de uno de sus dirigentes y exjerarcas de sus gobiernos, y hoy ese sujeto hipotético fuera secretario de la OEA con nuestro voto. ¿Qué nos produciría a nosotros si ese supuesto secretario chavista cuestionara nuestros procesos electorales, nuestros proyectos de reforma constitucional, nuestros procesos judiciales penales? ¿Qué nos habría producido si un secretario bolivariano de la OEA nos atacaba como país por la prisión del ex intendente Zimmer -prisión absurda y cuestionable- o por el decreto de esencialidad en la Educación o por la existencia en nuestro marco jurídico del delito de abuso innominado de funciones? Hagamos uso de nuestra imaginación e intentemos recrear los sentimientos y pensamientos que nos provocaría que un secretario de la OEA nos cuestionara por causas incluso respetables y compartibles para muchos, como la existencia de la ley de caducidad, o por otros motivos polémicos, como la legalización de la marihuana. Hagamos de cuenta que eso se produce. Que un día alcanza la secretaría general de la OEA un supuesto chavista, y comienza a hacer campaña por carta a favor de blancos y colorados, en nombre de la alternancia y del respeto de los derechos humanos.

Está claro lo que pasaría. Nos produciría furia, rechazo, indignación. Por cierto, lo denunciaríamos nacional e internacionalmente e iniciaríamos las gestiones pertinentes para que tal personaje no continuara al frente del organismo internacional y, por supuesto, pediríamos explicaciones al Partido Socialista Unido de Venezuela. Porque se supone que son amigos, que son compañeros en la brega histórica por una sociedad más justa, y aunque puedan ser bien distintos y tengamos diferencias más o menos importantes, son aliados. No les perdonaríamos fácilmente que nos hubieran vendido un candidato a secretario general de la OEA que luego de asumir se dedicara a felicitar a #POTUS (acrónimo de President of The United States) por Twitter y denostarnos a nosotros en extensas epístolas que revelaran un desprecio visceral por lo que representamos para América Latina y el mundo.

Pues bien, creo que el Frente Amplio debería designar una misión oficial que se dirigiera a Venezuela, se reuniera con la directiva del PSUV y le expresara que las últimas actitudes de Almagro no sólo no nos representan -aunque él se diga frenteamplista- sino que además cuentan con nuestra profunda reprobación, y como muestra de buena fe y tributo a la vieja amistad entre el FA y el PSUV, y en homenaje a la memoria del comandante Chávez, la delegación debería llegar con un ramo de rosas rojas al Cuartel de la Montaña a pedir perdón ante la tumba de Hugo por este bochorno, y en conferencia pública exigir la renuncia de Luis Almagro, por sus tremendos actos de injerencia y de violación del principio de autodeterminación de los pueblos. Tal vez algunos piensen que eso sería alcahuete, pero yo creo, por el contrario, que sólo algo así sería digno de la mejor historia del Frente. Digno de la trayectoria de una fuerza política unitaria, que fue construida por obreros y estudiantes, cimentada con la sangre democrática y revolucionaria de mártires y desaparecidos, crecida en la solidaridad irrenunciable con los pueblos del mundo. Y una fuerza política que aun cuando ha cometido, en muchas ocasiones, errores, nunca ha visto empañado su prestigio con la abyección, por dejar sola a una revolución en marcha o por el terrible pecado de la traición.

martes, 14 de abril de 2015

Galeano: “Dejemos el pesimismo para tiempos mejores”


Por: Rosa Miriam Elizalde

eduardo galeano

En diciembre de 2001, después del derrumbe de las Torres Gemelas y después que tuviéramos noticias de las terribles sentencias contra Cinco cubanos en Miami por quienes se desató una lucha mundial para que se hiciera justicia, Eduardo Galeano ofreció una entrevista a nuestra editora, Rosa Miriam Elizalde. Recordamos esta conversación como homenaje a este periodista, escritor, hombre entrañable, que sabía expresarse como pocos en el lenguaje y la sensibilidad de nuestros pueblos.

“La solidaridad necesita de la soledad, aunque parezca un contrasentido”, dice  despidiéndonos en la puerta del Hotel Meliá Cohiba, vestido invariablemente de azul y rematando una idea que lo obsesiona: el tiempo para escribir. No le alcanza, y siempre tiene un discurso preparado para quienes lo invitan a congresos y conferencias, el discurso del insustituible aislamiento del escritor que necesita batallar a solas con las palabras. Generalmente quienes lo llaman aceptan sus razones y hasta lo compadecen, pero él termina yendo igual a esos encuentros que lo persiguen por todo el mundo, aunque “lo de este Festival en Cuba es distinto. Yo tengo una relación especial con los organizadores”.

El tiempo es también implacable capataz de esta entrevista. Apenas una hora de conversación -”de todos modos, tú no tienes mucho espacio”, me consuela-, en la que quedan muchas preguntas fuera, pero no el Eduardo Galeano que una se ha imaginado después de leerlo en los libros y perseguirlo en los periódicos. Habla como escribe, le encanta que pirateemos todos sus artículos y hace bromas tiernas, como el niño que es y que cualquiera adivinaría en El libro de los abrazos. Mi compañero de faena, Angelito, quiere enseñarle la fotografía que le ha hecho y que aparece en la pantallita de la cámara digital. “No, por favor, yo no me miro porque me da mala suerte. A menos que ya hayan inventado la cámara que le devuelve el pelo a la gente.”

Galeano es, también, la sensibilidad. Para empezar es él quien pregunta por las noticias del día: “¿qué pasó en el juicio de los cubanos presos en Miami?” “Dos cadenas perpetuas para Gerardo”, le digo. “Eso ya es demasiado, ¿no te parece?”, y hay una pausa larga, incrédula y dolorida, por la que se cuelan, irreverentes, los acordes de un piano.

-Otra noticia de última hora es un vídeo en el que Bin Laden se congratula de los ataques del 11 de septiembre. Esto se presenta como la prueba de las pruebas, y el malo de la película regresa en momentos muy oportunos ¿Qué le parece?

-Las pruebas que se conocieron no son muy convincentes. A mí, personalmente, me da la impresión de que a Bin Laden le encanta atribuirse los atentados, o al menos dejar en el aire la sospecha de que él fue el autor. No sé si eso será verdad o no, quién sabe si alguien sabe. Lo que sí se conoce, porque se puede deducir en todo lo que está ocurriendo desde el 11 de septiembre, es que se nos está invitando a caer en una trampa que nos obliga a elegir entre un fanatismo y otro fanatismo, uno religioso y otro militar, entre un señor que se cree Mahoma y otro que se cree Buffalo Bill.

“De hecho el sistema mundial de poder ha utilizado a Bin Laden y a los atentados como una suerte de salvoconducto para hacer lo que se le ocurra. Te diría que habría que citar a mi nieta Catalina, que tiene tres años y que llegó de la escuela diciéndole a la madre que estaban haciendo, junto con todos los chiquitos, un dibujo sobre la paz. La madre le dijo: ¿pero tú qué sabes lo que es la paz? La niña miró a su madre con piedad, con lástima y perdonándole la vida le respondió: `pero, mamá, cualquiera sabe: la paz es vivir’. Yo creo que esa definición es perfecta y podría servirnos de brújula en tiempos confusos para no ceder a las tentaciones que nos ofrecen los enamorados de la muerte.”

-Muchísimo antes de que se desplomaran las Gemelas usted denunció la dictadura de la imagen y la palabra únicas. Si eso era entonces una realidad palpable, ¿ahora qué estamos viviendo?

-Ahora solo empeoró mucho. Esto que no nació el 11 de septiembre, que venía de antes, es la imposición en la escala universal de un sistema que se disfraza de destino, que dice: “Yo soy la eternidad”, y la verdad sea dicha: desde el 11 de septiembre para acá son muchas las puertas que se han cerrado para los que intentan otras alternativas, los que quieren ofrecer otras respuestas a los desafíos del tiempo y del mundo. Esto ha asestado un golpe muy duro “por supuesto, no un golpe de muerte” a las voces alternativas y a las imágenes alternativas, porque sus posibilidades de discusión se han tornado mucho más complicadas y se han cerrado puertas y caminos. Habrá que atravesar esta etapa difícil, partiendo de la certeza de que la impunidad del sistema, de un sistema enemigo de la tierra y de la gente, puede conducir a un desastre total. Una impunidad que puede conducir -y yo no quiero hablar en términos muy apocalípticos- a… a…

-Al futuro como recuerdo… Hay un proverbio quechua que dice: “la historia es inventada, pero el futuro es recordado”.

-Sí, a cosas muy terribles, a la imposición por el miedo de una suerte de gran prisión universal, donde en nombre de la democracia se imponga una única posibilidad de vivir en el mundo, si es que podemos sobrevivir en él. Una única posibilidad de vivir como si fuéramos todos rehenes de un sistema que decide en lugar de nosotros. La dictadura de la palabra única y de la imagen única, impuestas a partir de esto que llaman globalización, corresponde a lo que es la dictadura del poder en el mundo de hoy, un mundo que dice ser democrático, pero que en realidad está en manos de muy poquitos. No hay más que leer las noticias en los diarios de cada día, o escucharlas por radio, o verlas por televisión.

“Uno se pregunta, ¿quién gobierna realmente?, ¿quién gobierna en el mundo de hoy?, ¿habrá un gobierno que gobierne? Salvo las excepciones que conocemos: creo que eso es algo que a Cuba nadie le puede negar, con todo y las discrepancias y contradicciones que puedan haber. Cuba es la única que trata de salvar en el mundo de hoy eso que se llama derecho a la autodeterminación, el derecho a la dignidad.

“Pero la realidad universal es otra. Uno ve que el pueblo elige un presidente en cualquier país, y después gobierna el clon, no el presidente. El clon es otro señor que es idéntico al presidente, pero que piensa todo lo contrario, que empieza a decir todo lo contrario de lo que dijo; alguien que, por supuesto, actúa al revés de aquel candidato que pronunciaba discursos durante la campaña electoral. Y el clon es un clon obediente. No toma ninguna medida sin que sea aprobada por el gobierno que gobierna a los gobiernos. ¿Y cuál es el gobierno que gobierna a los gobiernos? El que está todos los días en las noticias de los periódicos: el Fondo Monetario, donde hay cinco países que toman las decisiones y que tienen el 45 por ciento del capital -allí el voto es el dólar, de acuerdo con el capital aportado a esta institución financiera tan poderosa. El Banco Mundial es un poquito más democrático: son siete países que deciden. Y en la Organización Mundial de Comercio no se vota jamás, aunque hay derecho a votar, los votos no se usan. A esto podríamos agregar el atentado cotidiano contra la libertad de expresión, que es la concentración del derecho de informar y opinar en muy poquitas manos, drama de nuestro tiempo. Nunca hubo una concentración tan feroz de ese derecho, y este se corresponde solo con el ejercicio del poder financiero, económico, político y militar en el mundo contemporáneo.”

-Quién no está con Estados Unidos, está en su contra, y Dios no es neutral, dijo Bush. Ante esa disyuntiva, ¿con quién está Galeano?
-Con ninguno de los dos: Bush dice lo mismo que Bin Laden, solo que este usa el nombre árabe de Dios, que es Alá. Cada uno se escuda en esta suerte de permiso divino para decidir la suerte del planeta, como si Dios hubiera decidido algo de eso. John le Carré, ese autor de novelas espléndidas, lo sintetizó hace ya algunos días en una frase certera: “Dejen a Dios fuera de este asunto”. Pero esto no tiene nada de nuevo. Siempre las peores atrocidades se han cometido en nombre de Dios. Yo, como tuve buena relación con él cuando era chico, sé que es inocente de las barbaridades que se le atribuyen.

La culpa no es del espejo

-Se ha tratado de culpar a la izquierda antiglobalizadora del odio que inspiró el ataque del 11 de septiembre. ¿Por qué?

-Siempre, siempre, la izquierda tiene la culpa, lo sabemos. Pero la culpa de la cara no la tiene el espejo. Lamentablemente ocurrió esta tragedia de las Torres, pero no hay que perder de vista que es la primera vez que alguien le asesta a los Estados Unidos, lo que estos propinan habitualmente al resto del mundo. Claro, como nadie los había bombardeado desde 1812, cuando los ingleses quemaron la Casa Blanca, pues resulta que es la izquierda la que ha predicado el odio que desembocó en este acto de locura del atentado contra las Torres Gemelas. Si la izquierda ha denunciado los crímenes que se han cometido -y ha sido en cantidades, por todas partes, matando no 5 000 civiles como en las Torres, sino centenares de miles, millones de civiles en todas partes del mundo-, el problema está en esos actos criminales, y no en la voz que los denunció. ¿O acaso el termómetro tiene la culpa de la fiebre?

-Usted es un mago de las palabras, pero no tan bueno como los jefes de la dictadura global. Estamos viendo sinónimos delirantes: islamismo/terrorismo; libertad duradera/justicia infinita; Estados Unidos/civilización; bombas de racimo/paquetes de alimentos… ¿Qué está pasando con las palabras en esta nueva cruzada?

-No solo se está matando inocentes, porque ¿qué tienen que ver esos campesinos afganos que murieron en esta guerra absurda?, ¿qué tiene que ver eso con el atentado que pudo haber cometido Bin Laden, o quien sea el energúmeno?, ¿por qué tienen que pagar eso los pobres afganos que han muerto? A ver, que alguien me lo explique. No solo tuvieron que soportar la dictadura talibán, sino, encima, los bombardeos que los castigaron, que castigaron a los castigados. Esos fueron víctimas inocentes de esta suerte de locura compartida en este mundo de hoy convertido en gran manicomio.
“Pero no son las únicas víctimas. También el diccionario es una gran víctima, el lenguaje. Las palabras están significando nada o poco más que nada, y una de las palabras más sacrificadas es la palabra justicia. ¡Pobre palabra justicia! Esto de justicia infinita no es nuevo. Cuando aniquilaron el barrio más pobre de Panamá, en un bombardeo que el mundo ha olvidado, lamentablemente, y que ocurrió poco antes de la guerra de Iraq, cuando la aviación norteamericana aniquiló al Chorrillo, con sus habitantes adentro, aquel crimen se denominó Causa Justa. O sea, esto de usar la justicia como coartada para hacer injusticias no es una novedad.

“Lo mismo ocurre con las demás palabras, lo que implica un desafío para todos los que trabajamos con ellas, y en ellas creemos y amamos, y siempre sabemos que a veces la mejor palabra es el silencio, y que muchas veces la verdad se expresa callando. Pero también sabemos que hay palabras que no pueden ser traicionadas y que es necesario rescatarlas y cuidarlas para que puedan brotar limpiamente en la boca de la gente que viene, de los tiempos que vienen. Este es un desafío que hoy por hoy se multiplica, porque nunca las palabras han sido tan ensuciadas, ellas también bombardeadas, ellas también asesinadas.”

Guardaespaldas de la verdad

-Tengo por aquí algo que dijo Winston Churchill, el primer ministro británico durante la Segunda Guerra Mundial: “En tiempos de guerra, la verdad es tan valiosa, que siempre debe ser custodiada por mentiras como guardaespaldas”. ¿Qué está pasando con la verdad? ¿Dónde la guardaron sus guardaespaldas?

-(sonríe) Mejor que la frase de Churchill, que era un cínico inteligentísimo, un vocero realmente brillante del pensamiento conservador británico, es la vieja frase que se atribuye a muchos, y vaya usted a saber quién la dijo porque son muchos los padres posibles: “en toda guerra la primera víctima es la verdad”.+

“Es cierto, cuando estalla una guerra siempre es más lo que se miente. Nada más hay que ver lo que pasó con la guerra de Iraq. Al principio, las cifras oficiales norteamericanas de bajas iraquíes fueron de 10 000. Luego los muertos aumentaron a 15 000, después pasaron a 20 000, más tarde reconocieron 100 000 -por cierto en el anuario de la revista Time es esa la cifra que dan. Después pasaron a ser 186 000, según los datos del Departamento de Estadísticas. A lo largo de unos meses, de dos o tres años, las cifras crecieron de 10 000 a 186 000, en una batalla que al principio se transmitió al mundo como una guerra inocua en la que nadie moría. Solo veíamos la belleza perversa de las máquinas de matar que iban y venían por la pantalla chica. Muy rara vez se veían las víctimas humanas, la gente que estaba pagando con sus vidas el precio de esa guerra loca. Fíjate, los Estados Unidos bombardearon a Iraq porque había invadido a Kuwait. Pero los EE.UU. venían de invadir Panamá, entonces: ¿por qué no se autobombardearon?”

-Hay otro hecho trágico, la opinión pública en EE.UU. supuestamente está a favor de lo que ocurre. Tengo unos datos: el 53 por ciento de los norteamericanos, ahora mismo, dice que el gobierno tiene derecho a censurar las noticias. Más del 82 por ciento cree que su administración está dando a conocer todo lo que puede sobre la guerra (Centro de Investigación Pew). ¿Cómo es posible que en el país de la “libertad de prensa” millones de personas estén a favor de la censura?

-El efecto rebote de la tragedia del 11 de septiembre ha generado este tipo de cosas, que se corresponden solo con los ciclos victoriosos de la guerra. Esta es la primera etapa de la guerra. Después la gente razona un poquito mejor. Hay una primera reacción que es esta, ¿no? Lamentable reacción de la inmensa mayoría de una sociedad determinada, pidiendo a grito pelado que le mientan: `miéntannos, miéntannos’, dicen. Yo creo que eso no es definitivo, que eso después va cambiando. Tal reacción tiene su lógica: me animaría a decir que la opinión pública norteamericana, el ciudadano medio, es bastante ingenuo. Lamentablemente este país que tiene el nivel tecnológico más alto y que cuenta con la mayor capacidad tecnológica para la comunicación y la información, es también el país peor informado, donde la opinión pública es la más ignorante de todo lo que ocurre más allá de sus fronteras.

“Me impresiona muchísimo, cada vez que voy, que los informativos no otorgan casi ningún espacio al mundo exterior. El planeta fuera de sus fronteras es un gran abismo oscuro, desconocido, donde acechan los demonios, una especie de nebulosa de la cual no se sabe nada, pero que siempre es peligrosa. De ahí pueden surgir los enemigos, movidos por el odio, pero sobre todo por la envidia: ‘no soportan que los norteamericanos seamos tan libres, tan felices.”

El mapa termina en Norteamérica

“Ellos ignoran casi completamente lo que ocurre fuera de su propio mapa. Esto no lo digo por un delirio personal, como algo que a uno le pasa por la cabeza en un mal momento. Lo dicen los propios dueños de los medios de comunicación. Ted Turner “yo se lo escuché” lo dice en esos términos: la opinión pública norteamericana es la más ignorante. Y eso es grave: ese es el país que decide el destino de todos los demás pueblos. George W. Bush es el presidente del planeta y gobierna en un país que ignora a todos los demás, y que se entera muy rara vez de algo que ocurre. Se entera, por ejemplo, cuando muere algún norteamericano fuera. Solo en ese momento, súbitamente, descubren que otra gente vive en ese otro lugar.

“Recuerdo que una vez estaba dando unas clases en la Universidad de Stanford, y de repente alguien me preguntó por Guatemala, porque un norteamericano había muerto por allá. Ahí fue que se enteraron mis alumnos que había una dictadura militar, y que no había sido una sino varias, sucesivas las dictaduras organizadas, armadas y financiadas por los norteamericanos, y que habían asesinado a 200 000 personas, la mayoría indígenas. Aquellos norteamericanos comunes y corrientes no tenían ni la menor idea. Tengo una anécdota que le he contado a mis amigos muchas veces. Allí había un profesor de Ciencias, del cual yo me había hecho compinche, un buen tipo. Un día cenando con él y con su mujer, esta se quedó atónita cuando empecé a hablar de Central America. Ella creía que en el centro de América solo estaba Kansas. No sabía que había una cosa que se llamaba América Central fuera de su país. Si eso llegara hasta ahí estaría bien, pero el problema es que ellos son los que van a decidir qué va a pasar con los 6 000 millones de habitantes de lo que queda del planeta.”

-¿Por qué cree que en unos medios donde tanto se ha fastidiado con la libertad de expresión, los periodistas huyen de la explicación del contexto como si fuera de la peste?

-Es una indiferencia política, también. La política es una cosa que hace el gobierno, pero no es cosa mía, dice el norteamericano medio. Eso es todo lo contrario a lo que pasa en los países latinoamericanos. No importa el contexto, el porqué. Esa cultura se está convirtiendo en cultura universal a pasos agigantados, y se ha globalizado -lo que significa que todos pensamos, sentimos de la misma manera, o eso es lo que se intenta- aceptar como natural que la información nos desinforme.
“Tú hablabas de la guerra. Dime, ¿por qué nadie se pregunta quién vende las armas? Eso jamás lo escucha uno. Ni en los informativos, ni en los artículos de los periódicos, ni en los noticieros de la tele. Nunca nadie me ha dicho ahí quién está vendiendo las armas para esa guerra que está ocurriendo. Esos silencios no son inocentes, porque ocurre que los pocos países que manejan al mundo son también los proveedores de las armas para las guerras. Los miembros del Consejo de Seguridad que tienen derecho de veto, son los fabricantes de armas que hacen el negocio de la guerra. O lo que es lo mismo, los que velan por la paz son los que se ocupan de hacer las armas que matan al prójimo. No tiene nada de inocente ese silencio. Te lo pongo como ejemplo. Hay muchos más. A mí siempre me llamó la atención: ¿en la guerra, quién vende las armas? Nadie lo dice. Hay un negocio del cual todos participan. La industria militar necesita guerra, como los pulmones necesitan el aire, como los fabricantes de abrigos necesitan el invierno. Si no, ¿qué sería de ellos, pobrecitos?”

La esperanza no es invulnerable

-En medio de este contexto, ¿por dónde cree que anda la izquierda?
-Ha cambiado bastante. El marco en el que se concentraban las fuerzas alternativas ha sido desbordado por algunos fenómenos muy interesantes, y que son la contracara de otros fenómenos muy deprimentes, que desalentaban a cualquiera. Es asombroso que en medio de todo esto se están abriendo espacios para multiplicar la esperanza, en tiempos donde más que nunca cobra vigencia aquel grafitti que vi una vez en la pared, en Bogotá, creo, que decía: `Dejemos el pesimismo para tiempos mejores’.

“Hay una multiplicación de movimientos, que no están encuadrados en lo que serían las estructuras tradicionales de los partidos y los sindicatos obreros -que siguen en pie, y que a menudo dan respuestas estimulantes a los desafíos de la realidad. Pero ahora hay otros movimientos alternativos que han brotado como hongos por todas partes, y que son una fuente de esperanza para los que creemos que mañana no es otro nombre de hoy.”

-Hablando de esperanza, hay una frase en su novela que a mí me consterna: ¿siente de verdad que “la esperanza es una puta estéril de tanto asesinarse personitas en el vientre”?
-(se ríe) Estaría yo medio deprimido cuando escribí eso. Es muy fuerte… Lo que pasa es que a veces uno se cae, y eso es legítimo. No creo en esa especie de invulnerabilidad de la esperanza. Ella es humana. Se parece a nosotros porque de nosotros brota, y por eso a veces se cae, y a veces se levanta, como nos levantamos nosotros; se lastima, y a veces se cura y a veces no se cura…

-¿Por qué cree que la esperanza de Cuba no se cayó?

-Eso tiene numerosas implicaciones. Tiene que ver con la capacidad de resistencia del pueblo cubano, con la solidaridad internacional, pero como suele ocurrir con la realidad, también tiene sus misterios. ¿Por qué a Cuba no se la almorzaron con cuchillo y tenedor, habiéndolo intentado tantas veces? ¿Por qué se atravesó este bocado en la garganta del poder? ¿Y por qué sobrevivió con todos los contras que la realidad cubana hoy puede tener? Yo he tratado de ser siempre honesto, diciendo lo que me gusta y lo que no de esta Revolución. Pero el hecho irrebatible es que está viva, se diga lo que se diga, está ahí, viva y coleando. Yo creo que es por eso que te decía antes, y también por otros misterios que habrá que consultar en la santería.

-Usted, que fundó o participó en revistas que son paradigmas del periodismo de resistencia, se ha quejado bastante de la incapacidad patética que tiene la izquierda para comunicar sus ideas. ¿Sigue pensando lo mismo?

-Ha mejorado, es un poquito más flexible… La aparición de fenómenos interesantísimos, como el movimiento zapatista y de su vocero, el subcomandante Marcos, ha contribuido a descongelar el lenguaje de la izquierda, y le ha incorporado mucho humor al asunto. Esto ha venido a demostrar que tenía razón aquel viejo amigo mío brasileño que un día me dijo: “Eduardo, no te tomes en serio nada que no te haga reír”.

-¿Qué se siente cuando alguien, desde el oficio de la palabra, no solo es leído y citado en los congresos, sino querido? Buena parte de mi generación lo ve a usted como al hablador de esas extrañas tribus del Amazonas, un brujo capaz de entenderse perfectamente con los dioses y con sus criaturas…

-Este elogio me deja mudo.
EDUARDO GALEANO (Montevideo, 1940-2015)
Escritor y periodista. Fue uno de los más activos y prestigiosos periodistas de su país -jefe de redacción del Semanario Marcha y director del diario Época- antes de convertirse en 1972 con la publicación del ensayo Las venas abiertas de América Latina, en uno de los más importantes autores de su generación en el continente. En Buenos Aires fundó y dirigió la revista Crisis (1973-1976), considerada entonces una de las más combativas entre las publicaciones culturales latinoamericanas. Vivió exiliado en Argentina y España. Autor de numerosos libros, traducidos a más de veinte idiomas y de una profusa obra periodística. Después de haberse dedicado a escribir cuentos (Vagamundo) y un romance (La canción de nosotros), Galeano se concentró principalmente en la reconstrucción de la historia de América Latina, a través de una inspirada trilogía -Memoria del fuego (Los nacimientos, Las caras y las máscaras y El siglo del viento)- que recibió un resonante éxito. Obtuvo en dos ocasiones el Premio Casa de las Américas – en el género novela por La canción de nosotros (1975) y en testimonio por Días y noches de amor y de guerra (1978). Otros títulos sobresalientes de su bibliografía son: El libro de los abrazos (1989), El fútbol a sol y sombra (1995), así como Las aventuras de los jóvenes dioses y Patas arriba. La escuela del mundo al revés, ambos de 1998. Recibió en la Universidad de La Habana, el título de Doctor Honoris Causa en Letras.