
El robo de combustible le cuesta miles de dólares a la economía cubana. Foto: Abel Padrón Padilla/Cubadebate.
Decir que
cada hora el delito le arranca a Cuba 626 litros de combustible
es una verdad dolorosa. En Villa Clara, la tercera provincia del país
con más procesos penales por esta causa, las pérdidas reportadas en los
juicios concluidos este año ascienden a más de 25 mil litros.
Una cifra muy superior sigue filtrándose fuera de los juzgados.
Ya sea en los análisis de la Oficina Nacional para el Control del Uso
Racional de la Energía (ONURE), la Fiscalía, CIMEX o los tribunales,
varias preguntas parecen no cambiar con el tiempo: ¿por qué roba el
chofer estatal? ¿Qué justificación tienen el pipero y el pistero para
adulterar los registros en un servicentro? ¿Por qué algunos directivos
prefieren mirar a otro lado cuando detectan irregularidades en el uso
del combustible?
Las respuestas a esas interrogantes no deberían quedar en la
superficie. Justificarlo todo a partir de los bajos salarios o de una
cultura basada en el aprovechamiento de los recursos estatales en pos
del beneficio personal, significa detenerse en la periferia de un tema
que en lo profundo
tiene mucho de ética y de responsabilidad social.
Educación y control son dos cuestiones primordiales aquí, pero
difíciles de conjugar cuando el bolsillo aprieta y la exigencia es poca.
Entonces, ¿qué hacer frente a ese panorama? ¿Por dónde comenzar a
dinamizar la lucha contra el robo de combustible y convertirla en una
realidad más palpable? Las respuestas tienen tantos caminos como
escollos.
En las sombras

Los camiones de pasajeros son los vehículos privados que más combustible consumen. Foto: Vanguardia.
Desde hace cinco años, Alberto maneja un camión de pasajeros en la
ruta Santa Clara-Placetas. Sin embargo, en todo ese tiempo pocas veces
se le ha visto detenerse en los CUPET del territorio para rellenar el
tanque de combustible. Miembro consciente de una amplia cadena delictiva
que tiene como rostro más visible a pisteros y choferes estatales, él
prefiere mantener su nombre en el anonimato para no mezclarlo en un
desfalco conocido por todos.
Según cuenta otro chofer, que prefiere llamarse Octavio,
en el mercado negro un litro de diésel puede oscilar entre 8 y 10 pesos, menos de la mitad del precio por el cual se adquiere en los servicentros.
“Siempre trato de comprar petróleo ‘por la
izquierda’, porque es un ahorro considerable. Aunque existen varios
puntos para adquirirlo, el gran problema es encontrar un lugar fijo
capaz de garantizarlo todo, pero pocas veces aparece”, explica con la
más natural de las actitudes.
A diferencia de él, la realidad de tener un vendedor estable sí la
conoce Alejandro, otro chofer privado que también prefirió eludir su
nombre para contarle a
Cubadebate una de las partes más turbias
del proceso. Según dice, desde hace más de un año encontró uno de esos
“empresarios particulares” dispuestos a facilitarle de un golpe todo el
diésel necesario para mover su Chevrolet.
“Quien me vende funciona como intermediario. Él acumula
el combustible y tiene el contacto con los compradores. Dos o tres veces
por semana paso por un lugar, previamente acordado, y recojo lo mío.
Las únicas condiciones son pagar al contado, discreción y llevarse
cantidades suficientes para tres o cuatro días. Así se evita repetir
demasiado los viajes al mismo sitio”, asegura.
Alejandro ahora se alegra de tener este punto. Antes debía buscar el
combustible con diferentes personas y era una tensión constante. Unas
veces compraba un poco a transportistas estatales en la autopista
nacional; otras lo conseguía en el mismísimo servicentro o, incluso, en
algunas ocasiones se lo llevaron hasta la casa. Pero tanto para él como
para Octavio,
involucrarse en varias cadenas delictivas al mismo tiempo no es una buena opción.
Todos ellos tienen un argumento común para explicar por qué compran combustible sustraído al Estado:
los altos precios en los CUPET.
Ese es el razonamiento más extendido entre los transportistas privados,
los principales receptadores del carburante que otros roban primero.
Pero frente a esa justificación bien vale la pena una pregunta: ¿puede
un negocio aspirar a sostenerse con lo ilegal?
Juan Carlos Marante Mariño, gerente comercial de la Sucursal CIMEX
Villa Clara, no solo sabe muy bien la respuesta a esa interrogante, sino
también cómo funciona el robo en los CUPET del territorio.
Rostro habitual en las inspecciones, asegura que la manera más sencilla es el
mutuo acuerdo entre el pistero y el chofer estatal responsable de una tarjeta prepagada de combustible. Entonces, de la bomba sale la cantidad justificada con el
chip de venta, pero no va íntegramente al tanque del vehículo.

Adulterar
las mediciones de los carros cisternas es uno de los modus operandis
para el robo de combustible. Foto: Abel Padrón Padilla/Cubadebate.
Esa es la forma básica, aunque poco a poco aparecen otras más
complejas. Por ejemplo, el directivo de CIMEX explica cómo las normas
técnicas permiten una pérdida entre un uno y un tres por ciento del
combustible durante el proceso de reabastecimiento, en dependencia de si
la medición ocurre por vara o de forma automática. Ya han detectado a
trabajadores que
aprovechan esa brecha, reportan el faltante y se lo apropian.
Otro
modus operandi consiste en utilizar los comprobantes de
compra emitidos cuando una persona natural adquiere combustible.
Entonces, junto al diésel o la gasolina robada, el pistero le vende
también el
chip a los choferes particulares como una justificación en caso de algún chequeo.
Finalmente, otra manera radica en la emisión de dos comprobantes por
una misma extracción. Luego el pistero anula uno por la verdadera
cantidad descargada y habilita el otro por la cifra que el chofer
reportará a su entidad. Si en las empresas o unidades presupuestadas no
existe un control frecuente sobre el combustible
esta fórmula se convierte en una de las más exitosas.
“Todos esos mecanismos, así como el de despachar
cantidades de combustible por encima de lo permitido, solo se eliminan
con exigencia y control, tanto de nuestra parte como de los jefes de
turno y administradores. Una de las medidas que hemos tomado es
incrementar las inspecciones sorpresivas y chequear si coincide la
última operación con lo registrado en la cinta auditora”, explica.

Esa es solo una de las acciones para cerrar puertas a un desfalco que
conocen tanto los directivos como las instituciones de control. De
hecho, según datos proporcionados por la ONURE, en 2018
la provincia apenas vendió 1.06 litros de combustible por día a cada porteador no estatal, una cifra infinitamente menor a lo que la lógica y la cantidad de viajes indican como normal.
Esa tendencia se mantuvo hasta abril de este año, cuando poco a poco
comenzó a cambiar, impulsada por el aumento del control, pero también
por las
reducciones en las entregas de combustible al sector estatal. La mezcla de esos factores confluyen para que
al cierre de agosto Villa Clara venda 54.80 litros diarios por cada uno de sus 517 transportistas privados.
Cuentas claras

En
tiempos de control de los recursos energéticos, ver llegar el auto con
el logo verde y naranja que identifica a la ONURE es una bendición para
algunas entidades estatales, pero un mal augurio para otras.
Para las derrochadoras, ineficientes o con descuidos imperdonables
sobre su combustible, esas visitas bien pueden significar un llamado de
alerta o el inicio de un proceso más amplio de fiscalización.
Así sucede para las
nueve entidades de Villa Clara catalogadas como deficientes en el actual año,
una cifra alta si se tiene en cuenta que, hasta agosto último, 20
empresas y unidades presupuestadas recibieron algún tipo de visita.
Otras cuatro fueron objeto de procesos investigativos por el Ministerio
del Interior y no recibieron evaluación.
Las 190 acciones de control efectuadas en los primeros ocho meses de
este 2019 –166 de ellas a entidades con altos consumos– ofrecen un
panorama que revela una
pérdida económica de 26 mil 596.48 pesos. Las pérdidas del 2018 se ubicaron en más de 17 mil CUC y 6 mil pesos en moneda nacional.
Asimismo, hasta agosto del actual año, siete entidades no lograron
justificar su gasto de combustible durante un mes, un indicador capaz de
sembrar dudas sobre
si el desfalco podría tener allí las puertas abiertas.
Junto a ese dato, apenas basta un rápido bosquejo al último informe
para comprobar cómo esos controles demuestran la permanencia en el
tiempo de carencias todavía más preocupantes. De los problemas
detectados en las once instituciones evaluadas como deficientes en 2018,
solo uno no se repite en el actual año.
- Las tarjetas prepagadas de combustible no se controlan como establecen las regulaciones vigentes.
- Diferencias entre los datos reportados en el balance mensual y la información primaria.
- Los sistemas de Gestión y Control de Flota en las entidades no cumplen con todo lo establecido en los procedimientos aprobados.
- Las tarjetas de combustible no están personalizadas por vehículo.
- Deficiencias a la hora de normar el índice de consumo para cada equipo.
- Medios de transporte o tecnológicos consumen combustible sin respaldo de actividades ejecutadas.
- Equipos con sobreconsumo de combustible superior al 5 por ciento.
- Falta de análisis profundos sobre las desviaciones en los índices de consumo.
- Escasos estudios de los indicadores de eficiencia energética.
- Inestabilidad, fluctuación y falta de preparación técnica del
personal encargado de realizar la planificación, el control, el análisis
y la verificación de los datos generados en la utilización del
combustible.
Según el director de la ONURE en Villa Clara, resolver esa situación
no implica crear procedimientos nuevos, sino aplicar correctamente el
Manual de inspección a los portadores energéticos, un documento recogido
en la
Resolución 152 del 2018 del Ministerio de Energía y Minas. Sencillamente, cumplir con lo establecido.
Derrame

La
desaparición de 15 mil 549 litros de combustible
no es cosa fácil. Sin embargo, así ocurrió en la Unidad Empresarial de
Base Transporte Caibarién, una de las entidades de ese municipio que más
diésel recibe para mantener sus operaciones. La pérdida se detectó
durante una actividad de control a una de las reservas habilitadas en la
entidad, pero poco pudo hacerse ante los tanques vacíos.
Luego de la alarma y la posterior investigación, el resultado fue más
increíble de lo esperado. Aparentemente, nadie se apropió del
combustible, porque el deterioro de los medios de conservación actuó
primero y
el diésel se derramó sin que nadie lo notara.
La demora en una inversión necesaria desde el año anterior y la falta
de chequeo a un depósito que de antemano se sabía defectuoso, dieron al
traste con la pérdida. Según cálculos conservadores, el diésel perdido
podía garantizar más de
680 viajes entre Caibarién y Santa Clara, o más de 130 entre la capital provincial y La Habana.
Como parte de la Causa 29 del 2019, el Tribunal Municipal Popular de
Caibarién determinó la implicación del director provincial de
Transporte, el jefe de la UEB y el responsable de Seguridad y
Protección, quien además de la privación de libertad, recibió una multa
de 300 cuotas de un peso cada una.
Durante el juicio, junto al delito de incumplimiento del deber de
preservar bienes en entidades económicas, la Fiscalía también acusó de
falsificación de documentos al jefe de Seguridad y Protección.
Este último no solo violó una de las funciones inherentes a su cargo,
sino que, al conocer sobre la pérdida, creó un reporte ficticio para
simular que había comunicado el estado de deterioro de los depósitos al Instituto Nacional de Reservas Estatales.
Justicia, inteligencia y mano dura

Según
Elina Ávalos Manresa, fiscal jefa del Departamento de Procesos Penales
de la Fiscalía Provincial de Villa Clara, la actuación de ese organismo
jurídico ante procesos relacionados con sustracción y descontrol del
combustible
se basa en la rigurosidad, tanto en la investigación como en la solicitud de condenas.
Para ello, la Resolución 15 del 2019, dictada por el Fiscal General
de la República, juega un rol fundamental como guía para cada acción
jurídica.
Junto al acompañamiento hasta que el proceso llega a los tribunales,
el documento establece la imposición de la medida cautelar de privación
provisional de libertad para los acusados vinculados a estos hechos.
Asimismo, en caso de encontrar responsabilidad, reafirma el
decomiso de casas que sirven de almacén o de vehículos utilizados para transportar el combustible robado.
“Aunque a la hora de solicitar sanciones se tienen en
cuenta elementos como la edad de los acusados, su conducta previa o las
condiciones del delito, sí se mantiene la política de rigurosidad para
juzgar casos relacionados con el combustible. Es un delito de alta
peligrosidad, porque afecta directamente a varias áreas de la economía
cubana”, explica.
Una actitud similar la sostienen los juzgados de la provincia. De
acuerdo a Arianny Casas Pérez, presidenta de la Sala Primera de lo Penal
del Tribunal Provincial Popular de Villa Clara, el presidente del
Tribunal Supremo Popular también ha dado indicaciones encaminadas a
uniformar la tramitación de los procesos asociados a la pérdida de
combustible.
La joven abogada aclara que todo parte de un concepto fundamental:
la defensa de las garantías legales para impartir justicia.
Según dice, estos procesos no se salen de lo establecido en la ley y
mantienen sus características de transparencia y apego a los derechos
para todos los acusados.
“Aquí la máxima severidad viene junto al análisis caso a caso de los modus operandi¸
las personas implicadas, el tipo de delito, la cantidad de combustible o
las entidades afectadas. Cada proceso es diferente en cuanto a
complejidad y alcance, y esos son elementos que también valoramos a la
hora de emitir una condena”, asegura.
Esa idea la confirma Elena Margarita Cabrera Figueroa, presidenta del
Tribunal Provincial Popular en Villa Clara. De acuerdo a unos datos que
actualiza cada mes, hasta el momento el 92 por ciento de los
sancionados en el territorio por delitos vinculados al combustible
recibieron penas tanto de privación de libertad como de trabajo correccional con internamiento.

En una mirada rápida, esos números evidencian el interés de los organismos por enfrentar el robo. De hecho, Villa Clara es la
segunda provincia con más medios de transporte decomisados en Cuba por casos relacionados al desvío de combustible. Asimismo, junto a Santiago de Cuba, es
el territorio que más viviendas confisca por esos delitos.
Sin embargo, un análisis más profundo revela una estadística
preocupante: los tres casos asociados al delito de incumplimiento del
deber de preservar bienes en entidades económicas
reportan el 86 por ciento del combustible “perdido” en Villa Clara.
Solamente por esa causa, los juzgados del territorio cuantifican el extravío de
más de 20 mil 700 litros de diésel. La cifra es más alarmante cuando uno comprueba que por otros delitos
la cantidad apenas sobrepasa los tres mil 250 litros este año.
Mientras tanto, los datos del Tribunal Provincial Popular contienen
otra clave esencial para entender por qué es tan difícil cortar de raíz
el robo de combustible: de todos los casos juzgados en Villa Clara,
el 50 por ciento están asociados al delito de receptación,
el último y más fácil eslabón de detectar. Es encarar un problema sin
atacar la base. Las estadísticas relacionadas con la fuente del delito
tendrían que crecer para que el enfrentamiento sea más efectivo.
“La policía encuentra a alguien con combustible sin justificar y esa
persona dice no conocer al vendedor. Si lo cuenta es igualmente difícil
demostrar la infracción, porque cuando aparece –casi siempre un chofer
estatal– tiene en orden el
chip, el consumo y las descargas de
la tarjeta. No obstante, no llegar hasta el primer ladrón no implica
dejar de juzgar a los otros”, explica Arianny Casas.
Para ella, este tipo de delitos se ubica entre los más sensibles, y
aunque la mayoría no reporta grandes pérdidas económicas, el combustible
sí sale de servicios que forman parte del día a día del cubano. Alerta
además que
su peligrosidad radica en que la sociedad ya los ve como algo natural.
“Muchas veces llega a los tribunales una causa por la
receptación de volúmenes inferiores a las pérdidas reportadas en grandes
empresas. Quizás sean 15 litros y cualquiera lo vería como una cuestión
menor, pero por esa cantidad una ambulancia puede dejar de funcionar y
causarle la muerte a un enfermo; o un barrio no recibir la fumigación e
infectarse de dengue. Entonces no solo es importante ver el delito en
sí, sino también sus consecuencias”, comenta.
En ese sentido, un elemento resalta a cada paso: la
necesidad del control y la prevención para evitar el robo.
Para ello, por ejemplo, las verificaciones fiscales a las empresas
deben jugar su papel, tanto como las auditorías o los consejos de
dirección. Si eso no ocurre, solo queda juzgar una y otra vez a quienes
cometan el delito.
Desidia

El descontrol es una causa fundamental para propiciar el delito. Caricatura: Martirena
A solo horas de que el huracán Irma comenzara a azotar al municipio
de Sagua la Grande, el Consejo de Defensa Municipal entregó al hospital
del territorio
mil 200 litros de diésel para garantizar la vitalidad
cuando arreciaran los vientos. Desde ese momento, ese sería el punto de
la discordia para todos los implicados en el cuidado del combustible… o
más bien, en su descontrol.
Luego de
recibir el petróleo sin documentos y solo con el
chip
emitido por CUPET como constancia, el director, la energética y el
subdirector administrativo del hospital lo depositaron en una pipa
“novia
”,
pero enseguida comprobaron que no lo necesitaban. Entonces, el Consejo
de la Administración Municipal (CAM) decidió moverlo hasta una de las
estaciones de bombeo de la Empresa de Acueducto y Alcantarillado.
Apenas pasaron dos horas y un chofer de tractor llegó al centro de
salud para trasladar el combustible. En el nuevo destino el
administrador recibió el combustible, pero tampoco verificó la cantidad
que el Estado ponía bajo su custodia.
Así lo dejó durante tres meses. Sin cuidados, sin control, hasta que desapareció en su totalidad.
En las investigaciones se comprobó que el chofer del tractor robó 60 litros durante el traslado, pero
fue imposible determinar el paradero para los otros mil 140 litros.
El hurto de carácter continuado y el incumplimiento del deber de
preservar bienes y entidades económicas otra vez fueron los delitos por
los que todos fueron juzgados como parte de la Causa 16 del 2019.
Junto a la del administrador de la estación, la Fiscalía Municipal
también encontró responsabilidad en la jefa del Subgrupo de Energía del
CAM y en la directora de la Empresa de Acueducto y Alcantarillado, sobre
todo por no chequear un bien del que conocían su existencia y su
importancia.
¿Nuevas alternativas para la misma realidad?

Exigir
los comprobantes del combustible a los transportistas privados puede
ser un buen paso. Foto: Abel Padrón Padilla/Cubadebate
.
Para Abelardo Martínez Rodas, un auditor con más de 40 años de
experiencia, una lucha realmente efectiva contra el robo de combustible
implica, en primer lugar,
entender qué bases sustentan el fenómeno.
Según dice, ese detalle resulta imprescindible para no verlo como un
suceso aislado, ni convertir su enfrentamiento en una situación
temporal.
“Ciertamente, los ingresos promedio de un trabajador
estatal pocas veces alcanzan para satisfacer todas sus necesidades, pero
esa no puede convertirse en la razón para defender cualquier tipo de
robo.
“Junto a ello, la corrupción y la irresponsabilidad de quienes tienen a su cargo el cuidado de los recursos estatales debería tener consecuencias más severas. La responsabilidad material no puede estar divorciada de la penal. De otro modo sería arar en el mar”, apunta.
En tal sentido, Juan Carlos Marante, gerente comercial de la Sucursal
CIMEX Villa Clara, se queja del escaso impacto de los informes que
todos los meses él entrega a los organismos encargados de analizar el
desvío de combustible.
Según cuenta, ese documento recoge las operaciones de las tarjetas
repetitivas o con altas descargas en cada uno de los 59 servicentros de
la provincia, pero
en la mayoría de los casos nadie las examina o tienen poco seguimiento.
“No podemos negarle a un vehículo estatal el combustible. Ellos
pueden extraer hasta tres veces en un día, pero ¿para qué un auto que
circula dentro de la ciudad necesita tanto en una jornada? Nosotros
plasmamos esas operaciones en el informe, pero es responsabilidad de
cada entidad controlar qué sucede con sus tarjetas prepagadas, su
combustible y sus vehículos”, comenta.
Por su parte, el auditor Abelardo Martínez encuentra otra área
desaprovechada en el control del combustible. Para él, una buena manera
de aumentar la exigencia sería incorporar a las pesquisas de los
inspectores de tránsito
la justificación del combustible empleado en cada viaje.
“Si junto a la revisión de la licencia operativa, el
chequeo del estado técnico o la cantidad de pasajeros, los inspectores
incluyeran con rigor la verificación de los comprobantes de compra del
diésel a nombre del chofer, ese pequeño detalle sería un paso
contundente para cerrarle otra brecha al robo”, asegura.
Estudiar
nuevos precios del combustible en el país o
un fortalecimiento en la relación contractual con los porteadores
privados, para permitirles adquirir el diésel a costos diferenciados y
bajo condiciones favorables para ambas partes, pueden ser otros
interesantes senderos por explorar. Aun así, todo debe llegar junto al
destierro de la cultura del facilismo y la ilegalidad como modo de vida.
A su vez, otra buena opción podría estar en la creación de
políticas de incentivo fiscal para aquellas entidades eficientes en el uso y control del combustible al final del año.
Que quien economice no vea la reducción de sus asignaciones en el plan del año siguiente, sino un
ingreso por concepto de eficiencia para incrementar la inversión en innovación y desarrollo, por ejemplo. Aunque esos son elementos analizados en otras ocasiones, este sería un buen contexto para aplicarlos con mayor fuerza.
De igual manera, para el director de la ONURE en Villa Clara resulta fundamental la constancia en
el control y el sentido de pertenencia tanto de jefes como de trabajadores. "Es la única manera de superar las dificultades y borrar de una vez el problema", sintetiza.
“La clave para detener el robo de combustible no radica
únicamente en las inspecciones a las entidades, sino en el rol que cada
centro laboral sea capaz de asumir ante un contexto donde saben de la
prevalencia del delito. El control de los recursos energéticos debe
convertirse en una rutina de trabajo, no en algo que sucede porque un
ente externo lo exija”, agrega.
Junto a ello, la batalla por solucionar un problema que cada año le cuesta al país miles de dólares pasa también por
clausurar otros resquicios “menos ilegales”, pero tan dañinos como el robo más grotesco.
Así, en la más reciente visita a Villa Clara del ministro de
Transporte, Eduardo Rodríguez Dávila, apareció un dato alarmante: en el
último semestre la provincia reportó
15 mil litros de combustible por concepto de sobreconsumo ineficiente. Se trata de los camiones de carga que circulan vacíos y gastan el diésel asignado sin un respaldo en el traslado de mercancías.
Aunque no es un elemento tipificado como robo, pocos pueden evitar cuestionarse si el control sobre el combustible
no debería extenderse con igual fuerza también a esos mecanismos ineficientes.
Mientras tanto, otros también se preguntan quién fiscaliza el uso de los autos y el diésel estatal para que
no funcionen como un bien particular en manos de choferes y directivos.
Son pequeños gastos camuflados detrás de las pérdidas más alarmantes,
pero que en definitiva también podrían incrementar las estadísticas por
robos o desvíos.
Geominera del Centro: Control para precaver, no para juzgar

En
medio del actual panorama, cualquier medida encaminada a resguardar los
recursos se torna vital. Bien lo sabe el ingeniero Argelio Jesús Abad
Vigoa, director general de la Empresa Geominera del Centro, un lugar que
en los últimos dos años tiene
ahorros superiores a los 80 mil litros de combustible.
Con nueve UEB distribuidas en todo el centro del país, un gasto
mensual de 160 mil litros de diésel, 86 equipos altos consumidores y
áreas de trabajo muchas veces ubicadas en zonas de difícil acceso, esta
era una entidad con “condiciones” para el desfalco. Pero en febrero de
2017 el Consejo de Dirección tomó un grupo de medidas encaminadas a
cerrarle las puertas al descontrol.
“Lo primero fue reconocer que una parte
del combustible robado en Villa Clara también provenía de esta empresa.
Entonces, buscamos dónde estaba el 80 por ciento de nuestro consumo y
cuáles eran las áreas más vulnerables. Con esos datos celebramos un
Consejo Energético Extraordinario y revisamos todas las deficiencias y
vulnerabilidades”, cuenta Abad Vigoa.
De ese encuentro salieron varias decisiones interesantes. Por
ejemplo, se le retiró la custodia de las tarjetas prepagadas de
combustible a los choferes de los equipos que no recorrían grandes
distancias. Por otra parte,
crecieron las medidas de protección en todos los depósitos y se actualizó la prueba de consumo al 100 por ciento de los vehículos de la empresa.
Asimismo, para las llamadas “pipas excepcionales” —encargadas de
llevar el combustible a los equipos pesados—, se determinó la rotación
de sus operarios cada año.
Del mismo modo, el proceso de llenado solo ocurre durante el horario
diurno y la responsabilidad recae en el director o los jefes de
Operaciones y Canteras Internas de cada unidad.
El chofer del carro cisterna no tiene acceso ni a la tarjeta, ni al combustible.
De acuerdo con el director general de la Geominera del Centro, a la
par de esas acciones, también ocurrió la firma de un compromiso ético de
todos los cuadros vinculados al combustible. A su vez, mejoraron las
condiciones de trabajo y potenciaron el contacto con las familias para
que comprendieran la importancia del control.
Aunque luego de implementar las medidas la empresa afrontó la salida
de diez trabajadores por voluntad propia y otros cuatro por sanciones
disciplinarias, los resultados hablan por sí solos. En 2017
el ahorro fue de 50 mil litros, mientras que un año después la cifra quedó en 30 mil. En este 2019
los cálculos prevén una reducción de 6 mil litros.
“En la UEB Servicios Mineros al Cemento, nuestra unidad
que más gasta, logramos disminuir el índice de consumo de 0.79 a 0.70
litros de diésel por tonelada de masa minera. Es un ahorro real,
porque ya este año elaboramos el plan de producción basados en el nuevo
valor y le dejamos de pedir al país 144 mil litros de combustible”,
apunta el directivo.
Con la experiencia de quien lleva varios años al frente de una de las
empresas más importantes del territorio, Argelio Abad sabe que esas
acciones no surten efecto si no van acompañadas de una
constancia y una evaluación sistemática de sus impactos.
Así, el ejemplo de la Empresa Geominera del Centro arroja una de las
claves fundamentales para entender en toda su dimensión la lucha contra
el robo de combustible: se trata de
ejercer un verdadero control para eliminar las brechas por donde llega el delito, no para buscar culpables cuando solo queda lamentarse por los litros y la batalla está perdida.