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jueves, 14 de junio de 2018

Cuba: La unidad que defendemos y la que nos proponen



Por: Marco Velázquez Cristo.

 Los enemigos de la Revolución, no tienen ningún derecho contra la Revolución, porque la Revolución tiene un derecho: el derecho de existir.
Fidel.

Algunos en Cuba proponen un concepto de unidad que en realidad significa un antónimo de esa palabra. Aceptarla sería abrirle espacio a seudorevolucionarios que, solo generarían confusión y desunión propiciando el debilitamiento de las defensas de la Revolución y el desmontaje del socialismo.

El Che le concedía particular valor a la unidad del pueblo, refiriéndose a ella expresó: “Hay mucha gente que no le da la importancia merecida, sin embargo, observando la acción del enemigo se puede ver que ellos sí le dan importancia, que siempre tratan de destruir la unidad, porque saben que una vez destruida seremos débiles y presa fácil de sus designios que son volvernos a aquella época que terminó el primero de enero”.

Martí concebía la unidad no a partir de una subordinación del pensamiento sino como una búsqueda de aquellos elementos que nos unen, que nos pueden llevar a un proyecto común. Fidel hizo suya y actuó de acuerdo con esa concepción martiana de la unidad, convirtiéndose en su propio decir en bordador de ella.

Esa unidad forjada por Fidel, a la que se refería el Che es la que defendemos, expresada en la unión monolítica del pueblo junto al gobierno y el partido, referida como un todo, basada en principios e ideas que confluyen en un objetivo común: la construcción de un socialismo próspero y sostenible. Por esa luchamos porque ha sido la que nos trajo hasta aquí y nos ha permitido resistir la hostilidad del imperialismo yanqui y el brutal bloqueo que nos ha impuesto.

Pero la unidad que se presenta desde posiciones seudorevolucionarias tiene otro significado e intención, notemos de quienes provienen las propuestas de unidad:

Tenemos un sistema de partido único, pero desean un sistema multipartidista al estilo burgués, nuestro estado está organizado de acuerdo al principio de legalidad socialista y ellos pretenden organizarlo como un “estado de derecho” a la manera occidental la cual se sabe la hipocresía que encierra su famosa independencia de los tres poderes, defendemos la propiedad social sobre los principales medios de producción, los “unitarios” la privatización de importantes sectores de la economía, lo que uniría, sí, la riqueza en pocas manos, despojaría a la mayoría del poder de decisión e incrementaría las desigualdades sociales.

Entonces, ¿Cómo unir a los que sueñan con fragmentar la sociedad y con un cambio de sistema político, con los que anhelan mantenerla integrada y luchan por preservar y desarrollar el socialismo?
Citan a Fidel, buscando legitimar sus reclamos de integración y forzar la aceptación de sus ideas políticas y las de sus afines, sin importar cuanto se aparten del socialismo que deseamos construir. En su afán de parecer lo más abiertos de pensamiento posible llegan a plantear que deben de tolerarse en las filas revolucionarias a los que reciben dinero del vecino del norte o a los que este instruye en sus escuelas o aprovechando los eventos que les organiza.

No dicen que el Jefe de la Revolución antes del triunfo de enero buscó la unidad con todos los que estuvieran dispuestos a luchar contra la tiranía batistiana, no con los que quisieran destruir el movimiento 26 de julio, luego de la alborada del 59 la continuó edificando con las fuerzas que estuvieran por el desarrollo de la revolución, no con las que desearan matarla al nacer. Recordemos la creación de la ORI (Organizaciones REVOLUCIONARIAS Integradas). Nunca pactó con traidores o vende patrias. Por lo tanto, en el contexto actual no habría aceptado la unidad con quienes pretenden disfrazados de revolucionarios reinstaurar el capitalismo en Cuba. Con ellos no tenemos ni podemos tener un proyecto común.

Sus propuestas son por demás anticonstitucionales, pues en el artículo # 3 de nuestra Constitución se refrenda que, el socialismo y el sistema político y social revolucionario tienen carácter irrevocable.
No incluyo dentro de los mencionados a los que difieren en la forma no en la esencia de llegar a la meta que nos hemos trazado, personas honestas tras de cuyas conductas no se esconde el interés malsano de hacer daño a la Revolución, o la mano enemiga, a los cuales rechazarlos sería una injusticia y un extremismo.

Tampoco están todos los que han emigrado, sería injusto y un error de apreciación de las motivaciones que a la mayoría de ellos los han impulsado a abandonar Cuba. De esa forma seriamos excluyentes con más de 2 millones de cubanos que residen fuera del país.

La emigración cubana ha sido utilizada como arma política contra la Revolución por el gobierno norteamericano y la extrema derecha de Miami, que la han estimulado y favorecido, son conocidas las leyes y otras acciones desarrolladas con estos fines. Ante el mundo pretenden presentarlos no como emigrantes sino como personas que huyen de una dictadura, por eso los califican de exiliados o refugiados políticos.

Pero la realidad es otra, no existe tal dictadura y muchos estudios demuestran que la mayoría de los que emigran lo hacen por motivaciones económicas o de reunificación familiar, solo una minoría ha aceptado denigrar de su patria para obtener determinadas prebendas o beneficios económicos, menos aún son los que se han afiliado a organizaciones contrarrevolucionarias, pero si muchos han asumido posturas patrióticas y de defensa de la Revolución, en no pocas ocasiones a riesgo de perder sus empleos y hasta sus propias vidas.

Por eso, bienvenida la unidad con los que no pugnan por reinstaurar el capitalismo en nuestra nación, con los honestos que con matices conciben como viable y justo el rumbo socialista de Cuba, con nuestros emigrados dignos y patriotas que quieren el bien común y lo mejor para la patria, con todos ellos, sí a la unidad.

A los que consideren que esta posición puede ser sectaria y fomenta la desunión, vale recordarles que hasta en la biblia se rechaza la falsa unidad, una cita, “…¿Qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia? ¿Y qué comunión la luz con las tinieblas?…”, Apóstol Pablo (2 Cor. 6:14-18)

“A los que nos piden que nos fragmentemos en mil pedazos, les decimos: ¡No! A los que nos piden que tengamos 25 partidos, les decimos: ¡No! A los que nos piden que tengamos dos partidos les decimos: ¡No!, porque con este es suficiente; este basta y es el que garantiza la UNION, el futuro, ¡la independencia de nuestro país!”
Fidel.
PostCuba

miércoles, 11 de abril de 2018

Espantar amenazas haciéndole la guerra a los demás



Por Francisco Arias Fernández
donald t
Muchos afirman que se trata de la segunda temporada de la Guerra Fría, que ante los avances de Rusia, China y otras potencias emergentes, Washington y sus aliados imperiales requieren inventar enemigos o crear conflictos, cual cortinas de humo para alejar o tratar de desaparecer amenazas internas y tener en jaque a gobiernos de países ricos.

Asediada por rechazos y cuestionamientos diversos al presidente y sus políticas erráticas, que le han granjeado el más bajo índice de popularidad en 70 años, investigaciones legales en su entorno y sucesivos fracasos legislativos, la antidiplomacia como política exterior y despidos sistemáticos en los principales puestos del gobierno, la Casa Blanca y su maquinaria de guerra no convencional casi todos los días anuncia un paquete de sanciones indistintamente contra Corea del Norte, Rusia, China, Irán, Venezuela, Cuba o cualquier otra nación.

Como actuar en alianzas o en pandillas es propio del imperialismo del siglo XXI, a partir de su globalizada interconexión política, militar, en materia de inteligencia, seguridad, diplomática y mediática, Estados Unidos arrastra en su encrucijada a muchos de sus aliados, con promesas de recabar todo el respaldo posible para ayudarlos a salir de sus propios conflictos internos, mientras los otros también contribuyen con Washington.

De ahí la manera de entender la estrategia anti-rusa con la que EE.UU. ha tratado de marcar distancia del Kremlin, en medio de las sospechas sobre presuntas alianzas entre los equipos de campaña electoral de Donald Trump con Moscú, en perjuicio de su contrincante Hillary Clinton. Del enfriamiento tenue al conflicto de alta intensidad pudiera calificarse la tendencia; de mal en peor han ido las relaciones entre las dos potencias nucleares clave, curso iniciado por el gobierno de Barack Obama, con sanciones económicas y listas negras de empresarios, pero que la actual administración ha catapultado.

Para argumentar la arremetida anti-rusa, un alto funcionario de la administración Trump dijo a la prensa que “Estados Unidos toma estas medidas en respuesta a una serie de actitudes vergonzosas y actividades nefastas del gobierno ruso que se suceden en el mundo”. Entre esas acciones citó el apoyo ruso al gobierno sirio en su lucha contra el terrorismo y “las ciberactividades mal intencionadas”. “Pero sobre todo, es una respuesta a los continuos ataques de Rusia para subvertir las democracias occidentales”, agregó en lenguaje fuerte y claro de la guerra fría.

El gobierno ruso ha reiterado que el real objetivo del mito creado por Estados Unidos sobre la injerencia en sus asuntos internos es aplicar sanciones para intentar la contención del desarrollo de su país.

El Reino Unido, estremecido y cuestionado política y económicamente por su salida de la Unión Europea, ha contribuido a la furia anti-rusa al responsabilizar sin pruebas a Moscú del envenenamiento de un espía ruso y su hija, que desencadenó una ola de sanciones y expulsiones de diplomáticos, que implica a más de una veintena de países europeos aliados de Washington.

Sospechosamente, todo ello ocurrió apenas una semana antes de las elecciones presidenciales en Rusia y a menos de 90 días del Campeonato Mundial de Futbol que tendrá por sede el país euroasiático, minimizado por el escándalo mediático cacareado por Occidente.

Por su parte, el gobierno francés, asediado por una de las peores crisis de los últimos años provocada por el reforzamiento del paro de los trabajadores ferroviarios ante las amenazas de privatizar el más eficiente e importante servicio público de la nación, que afectaría a millones de franceses que se mueven diariamente por esa vía, secunda a EE.UU. en su encrucijada antivenezolana y la emprende con improperios del presidente galo contra el mandatario venezolano y el proceso electoral de la nación sudamericana. Este es otro blanco predilecto de la Casa Blanca, estimulado por los capos de la mafia anticubana y neofascistas del Congreso, que son replicados por homólogos de similar signo en parlamentos del viejo continente.

Estos y otros temas promovidos por Washington en su nueva estrategia de seguridad nacional, como las recientes medidas económicas (tácticas proteccionistas) de Donald Trump contra China y la crisis en la península coreana, se reciclan periódicamente para tratar de desplazar del colimador político, diplomático y mediático internacional crisis internas o regionales del imperialismo, como la citada investigación en el entorno del magnate presidente norteamericano, la ola de muertes violentas por armas de fuego o la cacería de inmigrantes en EE.UU..

Más allá de sus fronteras, destacan las contradicciones de Washington con aliados europeos y asiáticos por sus políticas proteccionistas o el impacto de sanciones a terceros; el conflicto UE-Reino Unido; el caso de Cataluña en España y sus impactos en otros países de la Unión Europea.

Las cortinas de humo, con la pretensión de tapar o minimizar los problemas internos de las potencias imperiales, ponen en riesgo no solo la seguridad de los países asediados o agredidos, sino a todo el mundo, pues significa jugar con candela e insolencia en un siglo más nuclear que nunca. Quienes perciben esos peligros desde el bando de Occidente, muchas veces lamentan la insensatez y posibles consecuencias de los actos de los supuestos culpables, pero obvian que la verdadera fábrica macabra está bajo sus pies.

Inventar pretextos para sostener políticas guerreristas y alimentar las arcas del complejo militar industrial es una fórmula tan vieja como tan cruel. El equipo de gobierno que sigue conformando Trump se acerca cada vez más al modelo ideal para desarrollar ese propósito, con las recientes designaciones del director de la CIA Mike Pompeo como Secretario de Estado; John Bolton para asesor de Seguridad Nacional, y a Gina Haspel al frente de la Agencia Central de Inteligencia (CIA). Todos con una hoja de servicio plagada de hechos que los identifican con lo peor de la extrema derecha, fabricantes de mentiras por excelencia, con huellas de sangre y tortura en su trayectoria.

Solo en lo concerniente a Cuba destacan Pompeo por su estrecha amistad e incondicionalidad con el cavernícola Marco Rubio, mediante el cual recibió a mercenarios y terroristas de Miami en la sede de la CIA; Bolton nos acusó en el pasado reciente de tener armas biológicas y fracasó en su intento de sancionar y agredir a la Isla con ese pretexto, mientras Haspel estuvo estrechamente involucrada en la tortura de detenidos bajo el programa de Rendición, Detención e Interrogatorio (RDI) de la CIA y la destrucción de pruebas relacionadas, escándalo que implicó a la ilegal Base Naval de Guantánamo.  Claro está, estos son los hechos públicos, las peores tramas son secretas.

jueves, 17 de noviembre de 2016

Subvirtiendo a Cuba: Huellas de una política centenaria (Parte I)

Acciones-Subversibas-contra-Cuba



Por Ana Mazón y Aymara Vigil


Desde hace más de 100 años, las relaciones entre Cuba y Estados Unidos viven en un clima de tensión, en los que la nación norteamericana ha impuesto sus tratados injerencistas y ha desafiado cualquier lógica de respeto a la autodeterminación de esta Isla caribeña.

Cuando en 1898, España iba perdiendo la guerra iniciada por los cubanos, en un nuevo y enérgico esfuerzo por conquistar la tan anhelada independencia de la metrópoli española, los Estados Unidos vieron la oportunidad ideal de cumplir con los deseos de sus padres fundadores y apoderarse de la Isla, para ligar indisolublemente el destino de la nación a los intereses del norte. Siguiendo esta estrategia, Theodore Roosevelt exhortó al presidente Mckinley para que interviniera en la guerra, truncando la victoria del casi triunfador Ejército Libertador[1].

La ocupación militar norteamericana tenía un objetivo bien determinado: impedir la independencia de Cuba. El Tratado de París, firmado sin la presencia de los mambises cubanos, transformó a la Isla en una neocolonia de Estados Unidos, imponiendo así la dominación política, económica y cultural de la Casa Blanca. Sin embargo, en aquel entonces los cubanos representaban posiciones políticas diversas, y no supieron aunar esfuerzos en pos de conformar un frente unido contra los cambios que se iban produciendo en el país.

El periodista francés Salim Lamrani, especialista en las relaciones Cuba-Estados Unido, reconoce en su libro Cuba, lo que nunca le dirán los medios, que si bien el Triunfo Revolucionario de 1959 no fue bien recibido por la Casa Blanca, sí se reconoció al nuevo gobierno de La Habana, pues, en aquel momento, Washington no creía afectados sus intereses en la Isla y la preocupación por  la sombra del comunismo no parecía preocuparles.

De hecho, ese mismo año, el Secretario de Estado Adjunto para Asuntos Interamericanos, Roy R. Rubottom, aclaraba que “era imposible adjudicar la  etiqueta de comunista al movimiento de Castro”. Una afirmación entendible para el momento, pues se trataba de un nuevo gabinete integrado mayoritariamente por anticomunistas, lo que le producía a la Casa Blanca una leve tranquilidad.
Sin embargo, aquella tranquilidad era solo en apariencias. Eva Golinger y Jean-Guy Allard en su libro USAID, NED y CIA. La agresión permanente, revelan que Fulgencio Batista, en el propio mes de enero de 1959, recibió una propuesta de la CIA a través del millonario William D. Paley, para que se asilara en sus propiedades en Estados Unidos, con el fin de preparar el retorno del ex presidente a La Habana; un empeño que se prolongó durante ocho años.

No obstante, este no fue el único movimiento de la CIA durante el primer año de Revolución. Hacia finales de enero esta agencia creó el primer grupo terrorista y anticastrista, denominado la Rosa Blanca. Una organización cuyo único propósito sería restaurar el poder “pro-yanqui” en La Habana.
El nuevo gobierno revolucionario de La Habana, comenzaba con gran rapidez la realización de numerosas acciones, como parte de un proyecto social más humano y equitativo. Los servicios de salud pública, el acceso a productos de primera necesidad por parte de los sectores más humildes y la nacionalización de empresas controladas y disfrutadas por los consorcios estadounidenses, eran solo el principio de una serie de cambios radicales que incluyó una Ley de Reforma Agraria y el fin del latifundio. Para julio de 1959, ya Estados Unidos había comprendido que debía actuar, pues los intereses de Washington comenzaban a ser afectados.

Las medidas que iba adoptando el gobierno cubano comenzaban a perturbar seriamente los intereses estadounidenses y no solo en términos financieros. La instauración de tribunales revolucionarios en los que se juzgó y condenó a los criminales y asesinos del régimen batistiano, fue el punto de partida para una campaña mediática internacional iniciada por Estados Unidos contra la Revolución Cubana.
El periodista y ex oficial CIA, Philip Agee, autor además del libro Inside the company, corrobora las intenciones reales de la Agencia norteamericana y relata que solo tres meses después del triunfo revolucionario, en marzo de 1959, el Jefe de la Estación de la CIA en la Embajada de EE.UU en Cuba, envió al colaborador periodista Andrew St. George a un encuentro con Ernesto Guevara, quien en aquel entonces se encontraba a cargo de los tribunales revolucionarios. La intención era negocial la liberación de José Castaño, subjefe del BRAC, (Buró de Represión de las Actividades Comunistas) una de las más terroríficas organizaciones represivas con que contaba Batista.

“Después de escuchar a St. George durante casi todo un día, Che le dijo que informara al jefe de la CIA que Castaño iba a morir, si no por haber sido un verdugo de Batista, entonces por ser un agente de la CIA. St. George partió del cuartel del Che en la fortaleza de La Cabaña a la Embajada de EE.UU., frente al Malecón, a entregar el mensaje. Al escuchar las palabras del Che, el jefe de la CIA respondió solemnemente: Esta es una declaración de guerra”[2].

Era el comienzo de una hostilidad en la que Cuba ha sido víctima de  agresiones que incluyen la propaganda para denigrar el sistema revolucionario, actos terroristas, guerra bacteriológica, invasiones militares, terrorismo diplomático, múltiples complots para asesinar a Fidel Castro y otros dirigentes, subversión ideológica y en los últimos tiempos, un incremento de estrategias de guerra mediática con el fin de fomentar una oposición política interna disfrazada de sociedad civil independiente que contribuya a acabar con el gobierno revolucionario

Si realizáramos un recorrido por la historia de Cuba, enseguida se comprendería  que el terrorismo de estado contra nuestra Isla ha sido punto constante en la agenda de trabajo de las sucesivas administraciones norteamericanas. Múltiples investigaciones del Congreso norteamericano, documentos desclasificados y testimonios así lo corroboran.Miami, centro de organización de casi todas las operaciones, concentra un amplio sector de la emigración cubana que abandonó el país al triunfo revolucionario y en la que se encuentran antiguos oficiales de Batista, asesinos y torturadores que huyeron de la justicia en Cuba y miembros de la burguesía que viajaron llevándose parte de sus fortunas, con las que han colaborado con este accionar terrorista.

Con el apoyo de la CIA, los grupos terroristas cubanos han operado abiertamente en estrecho vínculo con la sección paramilitar de la Fundación Nacional Cubano-Americana (otra producción CIA) y han realizado entrenamientos con los comandos F4, uno de los grupos terroristas actualmente establecidos en el área. A pesar de las pruebas, el Buró de Investigaciones Federales (FBI por sus siglas en inglés) ha declarado que dichas actividades no constituyen una prioridad para ellos.

El aparato de la CIA establecido en Miami se extiende a todas las esferas de la vida cotidiana en esa ciudad, la alcaldía, los centros nocturnos, la policía y los tribunales. “Mafiosos determinan quien será juez al tribunal supremo estatal, quién manejará la oficina local del FBI, quién se apoderará de los más jugosos contratos federales”[3].

A inicios de la década del ´80, la administración de Ronald  Reagan comprendió que en Cuba se necesitaría más que las operaciones terroristas para imponer un cambio de gobierno. El presidente estadounidense percibió que la inmensa mayoría del pueblo cubano apoyaba el proceso revolucionario y denunciaba las agresiones por parte de Estados Unidos. Por ello, se precisaba promover la transición desde los ciudadanos. Para Reagan, el nuevo programa “construiría una infraestructura democrática en todo el mundo siguiendo el ejemplo europeo de apoyo abierto, impulsando la marcha de la libertad y la democracia”[4].

Poco a poco, el uso de la propaganda subversiva pasaría a las primeras filas para el combate contra el gobierno cubano. La estrategia fue retratada con minuciosidad por Allen W. Dulles, ex Director de la CIA entre 1953 y 1961, en su libro El Arte de la Inteligencia, donde precisaba: “…Gracias a su diversificado sistema propagandístico, Estados Unidos debe imponerle su visión, estilo de vida e intereses particulares al resto del mundo, en un contexto internacional donde nuestras grandes corporaciones transnacionales contarán siempre con el despliegue inmediato de las fuerzas armadas, en cualquier zona geográfica, aún las más distantes. Sin que le asista a ninguno de los países agredidos el derecho natural a defenderse”[5].

De esta forma, Cuba pasó a formar parte de un nuevo programa estadounidense, cuyo objetivo sería financiar el desarrollo de organizaciones no-gubernamentales y voluntarias dentro de la sociedad civil. En este propósito, tres organizaciones serían las principales rectoras de dicho programa: la CIA, la Agencia para el Desarrollo Internacional (USAID) y la entonces recién creada Fundación Nacional por la Democracia (NED por sus siglas en inglés).

Según Philip Agee, no se trataba de un programa novedoso, ya que desde 1947 la Agencia Central de Inteligencia había financiado el trabajo de ONG´s que incluían partidos políticos, sindicatos, organizaciones juveniles y empresariales, organismos cívicos y comunidades religiosas y culturales.
“A través de los años la CIA ejerció una inmensa influencia entre bastidores en numerosos países, utilizando a estos poderosos elementos de la sociedad civil para penetrar, dividir, debilitar y destruir las correspondientes organizaciones enemigas en la izquierda y, por cierto, para imponer cambios de régimen derrocando gobiernos indeseables”[6].

En este punto valdría la pena preguntarse ¿Cómo funcionan realmente estas organizaciones?

Continuará…
[1] Salim Lamrani, Cuba lo que los medios no dirán, Editorial José Martí, La Habana, 2011.
[2] Philip Agee: La sociedad civil y los disidentes. http: //www.lajiribilla.cu/2003/n115_07/115_01.html
[3] Jean-Guy Allard y Eva Golinger: USAID, NED y CIA. La agresión permanente, Editorial del Ministerio del Poder Popular para la Comunicación y la Información, Caracas, 2009.
[4] Philip Agee: La sociedad civil y los disidentes. http: //www.lajiribilla.cu/2003/n115_07/115_01.html
[5] Francisco Ameliach: El Arte de la Inteligencia de Allen W. Dulles, 2014 http://ameliach.psuv.org.ve/2014/03/08/portada/el-arte-de-la-inteligencia-de-allen-w-dulles/
[6] Philip Agee: La sociedad civil y los disidentes. http: //www.lajiribilla.cu/2003/n115_07/115_01.html