
“Yo
soy Fidel”, fue una consigna asumida por el pueblo cuando el Comandante
desapareció físicamente. En la imagen, niños camagüeyanos participan en
el desfile pioneril martiano en homenaje al Apóstol cubano José Martí,
en el aniversario 164 de su natalicio, y en recordación al líder
histórico de la Revolución cubana, Fidel Castro, el 28 de enero de 2017.
Foto: Rodolfo Blanco/ ACN.
El primer homenaje que recibió Fidel al morir fue una consigna de
hoy, una invención de jóvenes que hizo suya todo el pueblo de Cuba: “
yo soy Fidel”.
Así se demostró que Fidel es del siglo XXI, y que cuando el pueblo
entero se moviliza con conciencia revolucionaria es invencible. En
esos días del duelo, Fidel libró su primera batalla póstuma y volvió a mostrarle a todos, como en 1953, el camino verdadero.
Hoy, cuando vamos a compartir acerca de los caminos de las
luchas — porque lo verdadero son las luchas — , es natural comenzar con
la ayuda de Fidel, y emular con sus ideas y sus actos para sacarles
provecho, no imitándolos, sino traduciéndolos a nuestras necesidades,
situaciones y acciones.
Para sacarle provecho a
Fidel,
tenemos que evitar repetir una y otra vez lugares comunes y consignas.
Conocer más las creaciones y las razones que lo condujeron a sus
victorias, las dificultades y los reveses que Fidel enfrentó, lo que
pensó sobre los problemas, sus acciones concretas, puede aportarnos
mucho, y de esa manera será más grande su legado.
En el tiempo de su vida pueden distinguirse tres aspectos: Fidel,
joven revolucionario; el líder de la Revolución cubana y el líder
latinoamericano, del Tercer Mundo y mundial.
Fidel brinda un gran número de enseñanzas, tanto para el individuo como para las luchas políticas y sociales.
Quisiera enumerar muy brevemente algunas de las características de su
legado que me parecen importantes para nuestros objetivo
s:
1- Partir de lo imposible y de lo impensable, para
convertirlos en posibilidades mediante la práctica consciente y
organizada y el pensamiento crítico, conducir esas posibilidades
actuantes hacia la victoria al mismo tiempo que se forman y educan
factores humanos y sociales para poder enfrentar situaciones futuras, y
mediante las luchas, los triunfos y las consolidaciones convertir las
posibilidades en nuevas realidades.
2- No aceptar jamás la derrota.
Fidel nunca se quedó conviviendo con la derrota, sino que peleó sin
cesar contra ella. Me detengo en cinco casos importantes en su vida en
que esto sucedió: 1953, 1956, 1970, el proceso de rectificación y la
batalla de ideas. En 1953 respondió a la derrota del Moncada con un
análisis acertado de la situación para guiar la acción. Cuando todos
creían que era un iluso, se reveló como un verdadero visionario. En
1956, cuando el desastre del Granma, respondió con una formidable
determinación personal y una fe inextinguible en mantener siempre la
lucha elegida, por saber que era la acertada.
En 1970, comprobó que lograr el despegue económico del país era
extremadamente difícil, pero entonces apeló a los protagonistas,
mediante una consigna revolucionaria: “el poder del pueblo, ese sí es
poder”. En 1985, fue prácticamente el primero que se dio cuenta de lo
que iba a hacer la URSS, que le traería a Cuba soledad, desastre
económico y más grave peligro de ser víctima del imperialismo, pero su
respuesta fue ratificar que el socialismo es la única solución para los
pueblos, la única vía eficaz y la única bandera popular, que lo
necesario es asumirlo bien y profundizarlo. Entonces movilizó al pueblo y
acendró su conciencia, y sostuvo firmemente el poder revolucionario. En
el 2000, ante la ofensiva mundial capitalista y los retrocesos internos
de la Revolución Cubana en la lucha para sobrevivir, lanzó y
protagonizó la Batalla de Ideas, con sus acciones en defensa de la
justicia social, su movilización popular permanente y su exaltación del
papel de la conciencia.
3- La determinación de luchar en todas las situaciones.
Sería muy conveniente considerar como concepto a la determinación
personal, en el estudio de los que se lanzan a lograr transformaciones
sociales.
La praxis es decisiva.
4- Organizar, fue una constante, una fiebre de Fidel.
5- La comunicación siempre, con
cada ser humano y con las masas, en lo cotidiano y en lo trascendente,
es una de las dimensiones fundamentales de su grandeza y es uno de los
requisitos básicos del liderazgo.
6- U
tilizar tácticas muy creativas, y estrategias impensables, y sin embargo factibles.
7- Luchar por el poder y conquistarlo. Mantener,
defender y expandir el poder. Se puede discutir casi eternamente acerca
el poder en términos abstractos, pero solo las prácticas revolucionarias
logran convertir al poder en un problema que pueda resolverse.
8- Crear los instrumentos y los protagonistas. Tomar las instituciones para ponerlas a nuestro servicio, no para ponernos al servicio de ellas.
9- Ser más decidido, más consciente y organizado, y más agresivo que los enemigos.
10- Enseñar y aprender al mismo tiempo con los
sectores del pueblo que participan o que simpatizan, y después con todo
el pueblo. Avanzar hacia formas de poder popular.
11- El gran logro cubano,
unir la liberación nacional a la revolución socialista.
12- Ser siempre un educador. Hacer educación a
escala del pueblo. Que el pueblo se levante espiritualmente y
moralmente, para que se vuelva participante consciente y capaz de todo,
complejice sus ideas y sus sentimientos y enriquezca sus vidas.
13- Que la concientización esté en el centro del trabajo político, no solo para avanzar y ser mejores, sino para que
la política llegue a convertirse en una propiedad de todos.

“La
mayor lección que le brinda Fidel a los luchadores de América Latina
actual es lo que pensó y lo que hizo entre 1953 y 1962”, dice Martínez
Heredia. En la imagen, Fidel en 1976, durante el discurso en el acto de
masas en honor al General Omar Torrijos, Jefe de Gobierno de la
República de Panamá, efectuado en la Ciudad Escolar “26 de Julio”, en
Santiago de Cuba. Foto tomada de Fidel Soldado de las Ideas.
Siento que
la mayor lección que le brinda Fidel a los luchadores de América Latina actual es lo que pensó y lo que hizo entre 1953 y 1962.
Desde hace un año estamos oyendo decir que la situación en nuestro
continente se ha vuelto cada vez más difícil, por que acontecen hechos
adversos a los pueblos, y por la ofensiva del imperialismo y sus
cómplices de clases que son a la vez dominadas por él y dominantes en
sus países. Aunque parezca que empiezo por el final, quisiera comenzar
con un comentario acerca de las relaciones que existen entre
dificultades y revolución.
Para los revolucionarios, y durante los procesos de revolución, hay
momentos felices y procesos felices, pero en las revoluciones verdaderas
no hay coyunturas fáciles. Cuando puedan parecernos fáciles es
solamente porque no nos hemos dado cuenta de sus dificultades. Y es así
porque estas revoluciones, a las que amamos y por las que estamos
dispuestos a todo, son las iniciativas más audaces y arriesgadas de los
seres humanos, que emprenden transformaciones prodigiosas liberadoras de
las personas y de las relaciones sociales, a tal grado que nunca más
quieran, ni puedan, volver a vivir en vidas y sociedades de dominación y
de violencias y daños de unos contra otros, de individualismo y afán de
lucro.
Son revoluciones que pretenden ir creando personas cada
vez más plenas y capaces, y realidades que contengan cada vez más
libertad y justicia, donde entre todos se logre cambiar el mundo y la
vida. Es decir, crear personas y realidades nuevas.
Si lo que acabo de decir le parece imposible al mundo existente y las
creencias vigentes en la prehistoria de la humanidad, al sentido común y
al consenso con lo esencial que mantiene a las sociedades sujetas al
capitalismo, ¿cómo no va a ser sumamente difícil todo lo que hagamos y
proyectemos? Si jamás las clases dominantes estarán dispuestas a admitir
que se levante el pueblo y adquiera dignidad, orgullo de sí mismo y
dominio de la situación, conciencia y organizaciones suyas, a su
servicio y eficaces, que esté en el poder y que lo convierta en un poder
popular, entonces hay que convenir en que en esas épocas todo se vuelve
muy difícil para la causa del pueblo.
El joven Carlos Marx avizoraba bien cuando escribió que
solamente mediante la revolución podrán los dominados salir del fango en que viven metidos toda su vida,
porque los cambios y la creación de nuevas sociedades exigen también
liberaciones colosales de los enemigos íntimos que todos albergamos
dentro.
¿Cómo no van ser tan difíciles las revoluciones de liberación? Pero,
si miramos bien y no nos dejamos desanimar, constataremos que el campo
popular ya tiene mucho a su favor. Entremos con esas armas en un
problema inmediato, que no es pequeño. La coyuntura actual expresa de
manera escandalosa una carencia del campo popular que se ha ido
acumulando en las últimas décadas, al mismo tiempo que esa carencia
dejaba de ser percibida como una grave debilidad: la de un pensamiento
verdaderamente propio, capaz de fundamentar su identidad en relación con
su conflicto irremediable con la dominación del capitalismo, y capaz de
servir para comprender las cuestiones esenciales de la época, las
coyunturas, los campos sociales implicados y las fuerzas en pugna.
Un pensamiento, por consiguiente, fuerte, convincente y
atractivo, al mismo tiempo que útil como instrumento movilizador y
unificante de lo diverso, y como herramienta eficaz para guiar
análisis y políticas acertadas que contribuyan a la actuación y a la
formulación de proyectos.
Esa ausencia del desarrollo de un pensamiento poderoso del campo
popular, crítico y creador, puede constatarse ante el estupor y la falta
de explicaciones válidas que han abundado frente a los acontecimientos
en curso en varios países latinoamericanos, que han registrado
diferentes quebrantos, derrotas o retrocesos de procesos que han sido
favorables a sus poblaciones y a su autonomía frente al imperialismo en
lo que va de este siglo. En lugar de análisis coherentes, profundos y
orientadores hemos escuchado o leído más de una vez comentarios
superficiales revestidos con palabras que quisieran ser conceptos, o
dogmas que quisieran cumplir funciones de interpretación.
Nada se avanza cuando se tilda de malagradecidos a sectores pobres o
paupérrimos que mejoraron su alimentación y sus ingresos, y tuvieron más
oportunidades de ascender uno o dos peldaños desde el fondo del
terrible orden social, porque no han sido activos en defender a
gobiernos que los han favorecido, o hasta les han vuelto la espalda en
determinados eventos que les aportan triunfos a los reaccionarios. Y
hasta se intenta explicar esos sucesos con retazos de una supuesta
teoría de las clases sociales, como cuando se repite la proposición
absurda de que
“se convirtieron en clase media, y ahora actúan como tales”.
Es preferible comenzar por ser precisos ante los hechos y partir
siempre de ellos, como cuando el dirigente del Movimiento de los Sin
Tierra de Brasil, Joao Pedro Stedile, dice:
“Tenemos muchos
retos de corto plazo para poder enfrentar a los golpistas. La clase
trabajadora sigue en casa, no se movilizó. Se movilizaron los
militantes, los sectores más organizados. Pero el 85 por ciento de la
clase sigue viendo novelas en la televisión”.
Tampoco se va lejos cuando se elaboran y discuten explicaciones de
los eventos y las situaciones políticas e ideológicas candentes de la
coyuntura a base de menciones acerca del fin de ciclos de altos precios
de las materias primas, ni siquiera cuando economistas capaces ofrecen
datos serios y añaden el descenso de la dinámica de la economía mundial y
otros factores y procesos adversos.
Simplificando un poco más,
habríamos tenido unos quince años
de victorias electorales, gobiernos llamados progresistas y notables
logros por medidas sociales, una fuerte autonomización de gran parte del
continente respecto a los dictados de Estados Unidos y avances en las
relaciones bilaterales y las coordinaciones de los países de la región
hacia una futura integración,
solamente porque tuvimos
un largo ciclo de altos precios de exportación de las materias primas,
algo que es explicable por los avatares de la economía mundial.
Y como ahora esta se mueve en otro sentido y bajan los precios, debe
terminar el ciclo político y social, y “la derecha” debe avanzar y
recuperar sin remedio la posición dominante que había perdido.
Una persona con buena memoria y escasa credulidad se preguntaría
enseguida cómo fue posible que a inicios de los años setenta del siglo
pasado no sucediera en la región lo mismo que a inicios de este siglo,
en cuanto a elecciones victoriosas, buenas políticas sociales y más
autonomía de los Estados y horizontes integracionistas. Porque en
aquella coyuntura subieron mucho los precios de las materias primas y,
además, en buena parte de la región se vivían aumentos más o menos
grandes del sector industrial, con ayuda de aquellos redesplazamientos
jubilosos del gran capital en busca de maximización de ganancias que hoy
tanto disgustan a
Donald Trump.
Lo que sucedió entonces fue totalmente diferente:
dictaduras, represiones que llegaron hasta el genocidio,
conservatización de las sociedades y otros males, que no deben ser
olvidados. Por consiguiente, hay que concluir, no es verdad que a
determinada situación económica le “correspondan” necesariamente ciertos
hechos políticos y sociales, y no otros.
En este caso estamos ante una de las deformaciones y reduccionismos
principales que ha sufrido el pensamiento revolucionario, quizás la más
extendida y persistente de todas: la de atribuir una supuesta causa
“económica” a todos los procesos sociales. Detrás de su aparente lógica
está la cosificación de la vida espiritual y de las ideas sociales que
produjo el triunfo del capitalismo, que es aceptada por aquellos que
pretenden oponerse al sistema sin lograr salir de la prisión de su
cultura, y la consiguiente incapacidad de comprender que son los seres
humanos los protagonistas de todos los hechos sociales.

Fidel
en el acto central conmemorativo por el XXXII aniversario del asalto al
Cuartel Moncada, celebrado en la provincia de Guantánamo en 1985.
Pronuncia discurso. Foto: Editora Política.
Tres procesos sucedidos dentro las últimas cuatro décadas han
tenido un gran impacto y muy duraderas consecuencias para nuestro
continente. El estrepitoso final del sistema que llamaban
socialismo real y sus constelaciones políticas en el mundo, con
consecuencias tan negativas en numerosos terrenos. El de la
imposibilidad para la mayoría de los países del planeta de lograr el
desarrollo económico autónomo de un país sin que necesariamente saliera
del sistema del capitalismo. La terrible realidad fue la continuación de
regímenes de explotación, opresiones y neocolonialismo, sin que fuera
posible desplegar economías nacionales autónomas y capaces de crecer en
beneficio del pleno empleo, más producción y productividad, servicios
sociales suficientes para todos y una riqueza propia que repartir. El
tercer proceso fue el de la consumación del dominio de Estados Unidos
sobre casi todo nuestro continente. El capitalismo en América Latina
transitó un largo camino de evoluciones neocolonializadas,
sobredeterminadas por el poder de Estados Unidos, que lo dejó mucho más
débil y subalterno.
Las lecciones que nos brindan esos tres procesos están claras y son sumamente valiosas. Una,
todos los avances de las sociedades son reversibles,
aun los que se proclamaban eternos; es imprescindible conocer qué es
realmente socialismo y qué no lo es. Hay que comprender y organizar la
lucha por el socialismo desde las complejidades, dificultades e
insuficiencias reales,
sin hacer concesiones, como procesos de liberaciones y de creaciones culturales que se vayan unificando.
Dos,
el capitalismo es un sistema mundial,
actualmente hipercentralizado, financiarizado, parasitario y depredador,
que solo puede vivir si sigue siéndolo, por lo que no va a cambiar. Las
clases dominantes de la mayoría de los países necesitan subordinarse y
ser cómplices de los centros imperialistas, porque no existe espacio ni
tienen suficiente poder para pretender ser autónomos.
La
actividad consciente y organizada del pueblo, conducida por proyectos
liberadores, es la única fuerza suficiente y eficaz para cambiar la
situación. Para la mayoría de los países del planeta, serán los
poderes y los procesos socialistas la condición necesaria para
plantearse el desarrollo, y no el desarrollo la condición para
plantearse el socialismo, como dijo Fidel en 1969.
Tres,
Estados Unidos hace víctima a este continente tanto de su poderío como de sus debilidades,
como una sobredeterminación en contra de la autonomía de los Estados,
el crecimiento sano de las economías nacionales y los intentos de
liberación de los pueblos. La explotación y el dominio sobre América
Latina es un aspecto necesario de su sistema imperialista, y siempre
actúa para impedir que esa situación cambie. Por tanto, es
imprescindible que el antimperialismo forme parte inalienable de todas
las políticas del campo popular y de todos los procesos sociales de
cambio.
Como era de esperar, el capitalismo pasó a una ofensiva general para
sacarle todo el provecho posible a aquellos eventos y procesos, y
establecer el predominio planetario e incontrastado de su régimen y su
cultura. El objetivo era, más allá de las represiones y las políticas
antisubversivas, consolidar una nueva hegemonía que desmontara las
enormes conquistas del siglo XX, manipulara las disidencias y protestas
inevitables, y las identidades, impusiera el olvido de la historia de
resistencias y rebeldías, y lograra generalizar el consumo de sus
productos culturales y el consenso con su sistema de dominación.
Esa ofensiva no terminó, sino que se consolidó como
una actividad sistematica, que sigue siéndolo hasta hoy. Es dentro de
ese marco general que en cierto número de países de América Latina y el
Caribe, que es la región del mundo con mayor potencial de
contradicciones que pueden convertirse en acciones contra el sistema,
movimientos populares combativos y victorias electorales produjeron
cambios muy importantes de la situación general, a favor de sectores muy
amplios de la población y de la capacidad de actuación independiente de
una parte de los Estados.
La institucionalidad y las reglas políticas del juego cívico no
fueron violadas para acceder y mantenerse en el gobierno, pero dentro de
ese orden se han logrado reales avances, que sintetizo en seis
aspectos:
políticas sociales que benefician a amplios sectores
necesitados; ejercicios de la ciudadanía mucho más amplios y mejores;
cambios muy positivos en la institucionalidad en algunos de esos países;
un rango apreciable de autonomía en el accionar internacional; más
relaciones bilaterales latinoamericanas; y adelantos en las relaciones y
coordinaciones de los países de la región, bajo la advocación de la
necesidad de una integración continental.
No me detengo en esas nuevas realidades, que han alentado muchas
motivaciones y esperanzas de avanzar hacia cambios más profundos, y han
recuperado la noción del socialismo como el horizonte a conquistar,
pocos años después de aquel colapso europeo que el capitalismo pretendió
que fuera definitivo a escala mundial. Pero si quiero enfatizar dos
cuestiones que el militante social y político debe analizar, conocer y
manejar en sus prácticas.
Primera, c
ada país tiene características, dificultades,
acumulaciones históricas y condicionamientos que son específicos de él y
resultan decisivos, al mismo tiempo que existen rasgos y
necesidades comunes a la región que pueden ser fuente de aumento de la
fuerza y el potencial de cada país, si somos capaces de desarrollar la
cooperación y el internacionalismo.
Segunda,
los poderes establecidos en estos países confrontan enormes limitaciones,
porque tienen muy poco control de la actividad económica, y padecen la
hostilidad de una parte de los propios poderes del Estado y de los
medios de comunicación.
Al hacer un balance de 2016, podemos constatar lo específico de cada
país. La gran victoria electoral legislativa de la reacción venezolana
no consiguió deponer a
Maduro, y ahora se encuentra sin fuerza, unidad ni líderes suficientes para intentarlo. Pero en
Brasil
una pandilla de delincuentes logró todo lo que quiso, sin que haya
fuerzas populares organizadas para resistir con alguna eficacia. Los
procesos de
Bolivia y
Ecuador se mantienen fuertes y estables ante sus situaciones específicas, y en
Nicaragua el FSLN acaba de ganar otra vez las elecciones muy holgadamente. En
México
no es probable un triunfo de partidos opositores en 2018, aunque el
prestigio del equipo gobernante está muy deteriorado y existen
manifestaciones de protesta y resistencia no articuladas.
Estas especificidades, y muchos otras de tamaño y sentido diferentes,
podrían irse enumerando, pero seguiría en pie un problema de gran
envergadura:
Estados Unidos continúa su ofensiva general dirigida a recuperar todo el control neocolonial sobre América Latina
–incluida una “ofensiva de paz” contra Cuba — , y el bloque que forma
con los sectores reaccionarios y entreguistas de cada país continúa
tratando de cancelar o ir debilitando los procesos de los últimos quince
años de la región.
¿Será suficiente el voto, la voluntad popular expresada en las urnas,
al menos para defender con éxito las políticas sociales, los
funcionarios electos y la legalidad existente, y que ellos no sean
burlados, quebrantados o eliminados por la reacción? ¿Podrán seguir
existiendo los procesos basados en una institucionalidad sin cambios en
el suelo social y político para lograr transformaciones que beneficien a
la población y abran paso a sociedades más justas y mejor gobernadas?
¿O, en unos casos, esa vía solo franqueará una forma intermedia de
reconstitución a mediano plazo del poder del capitalismo en la región,
en apariencia más avanzada que las formas previas, pero que en realidad
habría sido solamente su puesta al día, sin afectar a lo esencial del
sistema de dominación? Mientras que en otros países del continente se ha
permanecido bajo el control del sistema y de camarillas que detentan o
administran el poder.
Nada está decidido,
ni nuestros enemigos ni nosotros tenemos la victoria al alcance de la mano.
Pero albergo la certeza de que las batallas ideológicas y políticas
serán las que determinarán la decisión en el enfrentamiento general.
Destaco tres direcciones principales para el trabajo de análisis: a)
buscar
con rigor y sin omisiones todos los datos y todas las percepciones y
formulaciones ideológicas que tengan alguna importancia –porque
tanto unos como las otras constituyen las realidades que existen — ,
analizarlas por partes e integralmente, encontrar y formular lo esencial
y describir al menos lo secundario; b)
examinar y valorar los
condicionamientos que sean relevantes para nuestra actuación,
institucionales, económicos, ideológicos, políticos o de otro tipo; c)
analizar y conocer las identidades, motivaciones, demandas, capacidad movilizativa y grado de organización con que contamos,
y lo que está a favor de nuestros adversarios en esos mismos campos, es
decir, la correlación de fuerzas. E insisto en que son las actuaciones
de los seres humanos la materia principal de los eventos que mañana
serán históricos.
La reacción no está proponiendo ideas, está produciendo acciones. No
maneja fundamentaciones acerca de la centralidad que debe tener el
mercado, la reducción de las funciones del Estado, la apología de la
empresa privada y la conveniencia de subordinarse a Estados Unidos. No
es a través del debate de ideas que pretende fortalecer y generalizar su
dominio ideológico y cultural. El anticomunismo y la defensa de los
viejos valores tradicionales ya no son sus caballos de batalla, ni los
viejos organismos políticos son sus instrumentos principales.

Fidel
pronuncia discurso en la Clausura del VII Festival Internacional del
Nuevo Cine Latinoamericano, efectuada en el Teatro “Karl Marx”. Foto:
Estudios Revolución.
Desde hace veinte años vengo planteando que
el esfuerzo principal del capitalismo actual está puesto en la guerra cultural por el dominio de la vida cotidiana,
lograr que todos acepten que la única cultura posible en esa vida
cotidiana es la del capitalismo, y que el sistema controle una vida
cívica despojada de trascendencia y organicidad. Lamento decir que
todavía no hemos logrado derrotar esa guerra cultural.
El consumo amplio y sofisticado, que está presente en todas las áreas
urbanas del mundo, pero al alcance solamente de minorías, es
complementado por un complejo espiritual “democratizado” que es
consumido por amplísimos sectores de población. Se tiende así a unificar
en su identidad a un número de personas muy superior al de las que
consumen materialmente, y lograr que acepten la hegemonía capitalista.
La mayoría de los “incorporados” al modo de vida mercantil capitalista
son más virtuales que reales. Pero, ¿formarán ellos parte de la base
social del bloque de la contrarrevolución preventiva actual?
El
capitalismo alcanzaría ese objetivo si consigue que la línea divisoria
principal en las sociedades se tienda entre los incorporados y los
excluidos. Los primeros — los reales y los potenciales, los
dueños y los servidores, los vividores y los ilusos — se alejarían de
los segundos y los despreciarían, y harían causa común contra ellos cada
vez que fuera necesario.
La reproducción cultural universal de su dominio le es básica al
capitalismo para suplir los grados crecientes –y contradictorios — en
que se ha desentendido de la reproducción de la vida de miles de
millones de personas a escala mundial, y se apodera de los recursos
naturales y los valores creados, a esa misma escala. Para ganar su
guerra cultural, le es preciso eliminar la rebeldía y prevenir las
rebeliones, homogeneizar los sentimientos y las ideas, igualar los
sueños. Si las mayorías del mundo, oprimidas, explotadas o supeditadas a
su dominación, no elaboran su alternativa diferente y opuesta a él,
llegaremos a un consenso suicida, porque
el capitalismo no dispone de un lugar futuro para nosotros.
El capitalismo no intenta imponer un pensamiento único, como ellos afirman, sino inducir que no haya ningún pensamiento.
Está en marcha un colosal proceso de desarmar los instrumentos de
pensar y la costumbre humana de hacerlo, de ir erradicando las
inferencias mediatas, hasta alcanzar una especie de idiotización de
masas.
La situación está exigiendo revisar y analizar con profundidad y con
espíritu autocrítico todos los aspectos relevantes de los procesos en
curso, todas las políticas y todas las opciones. Esa actitud y las
actuaciones consecuentes con ella son factibles, porque el campo popular
latinoamericano posee ideales, convicciones, fuerzas reales organizadas
y una cultura acumulada.
Una enseñanza está muy clara:
distribuir mejor la renta,
aumentar la calidad de la vida de las mayorías, repartir servicios y
prestaciones a los inermes es indispensable, pero no es
suficiente. Alcanzar victorias electorales populares dentro del sistema
capitalista, administrar mejor que sus pandillas de gobernantes, e
incluso gobernar a favor del pueblo a contracorriente de su orden
explotador y despiadado, es un gran avance, pero es insuficiente. Vuelve
a demostrar su acierto una proposición fundamental de Carlos Marx: la
centralidad de una nueva política en la actividad del movimiento de los
oprimidos, para lograr vencer y para consolidar la victoria.
Estamos abocándonos a una nueva etapa de acontecimientos que pueden
ser decisivos, de grandes retos y enfrentamientos, y de posibilidades de
cambios sociales radicales. Es decir, una etapa en la que predominarán
la praxis y el movimiento histórico, en la que los actores podrían
imponerse a las circunstancias y modificarlas a fondo, una etapa en la
que habrá victorias o derrotas.
Comprender las deficiencias de cada proceso es realmente importante.
Pero más aún lo es actuar. Concientizar, organizar, movilizar, utilizar
las fuerzas con que se cuenta, son las palabras de orden. No se pueden
aceptar expresiones de aceptación resignada o de protesta timorata: hay
que revisar las vías y los medios utilizados y su alcance, sus límites y
sus condicionamientos. Y hacer todo lo que sea preciso para que no sea
derrotado el campo popular. La eficiencia para garantizar los derechos
del pueblo y defender y guiar su camino de liberaciones debe ser la
única legitimidad que se les exija a las vías y a los instrumentos. Las
instituciones y las actuaciones tendrán su razón de ser en servir a las
necesidades y los intereses supremos de los pueblos, a la obligación de
defender lo logrado y la confianza y la esperanza de tantos millones de
personas. Esa debe ser la brújula de los pueblos y de sus activistas,
representantes y conductores.
En la época que comienza se está levantando una concurrencia de
fuerzas muy diferentes e incluso divergentes, a quienes unirán
necesidades, enemigos comunes y factores estratégicos que van más allá
de sus identidades, sus demandas y sus proyectos. Y solamente tendrá
probabilidades de triunfar una praxis intencionada, organizada, capaz de
manejar los datos fundamentales, las valoraciones, las opciones, la
pluralidad de situaciones, posiciones y objetivos, las condicionantes y
las políticas que están en juego.
La radicalización de los procesos deberá ser la tendencia imprescindible para su propia sobrevivencia.
Serían suicidas los retrocesos y las concesiones desarmantes frente a
un enemigo que sabe ser implacable, pero lo principal es que — dado el
nivel que han alcanzado la cultura política de los pueblos y las
esperanzas de libertad, justicia social y bienestar para todos — los
movimientos, los poderes y los líderes prestigiosos y audaces solo
podrán multiplicar las fuerzas populares y tener opción de vencer si
ponen la liberación efectiva de los yugos del capitalismo en la balanza
de sus convocatorias a luchar.
La política revolucionaria no puede conformarse con ser alternativa.
La naturaleza del sistema lo ha situado en un callejón sin salida en
general, pero su poder y sus recursos actuales le permiten un amplio
arco de respuestas contra los procesos en curso, y también puede dejarle
un nicho de tolerancia a algunas alternativas mientras combina la
inducción y la espera hasta que se desgasten. En la medida en que
vayamos obteniendo triunfos y cambios de nosotros mismos, convertiremos
las alternativas en procesos de emancipación humana y social.
Mientras exista la opresión, la explotación y la dominación
capitalista, no habrá soluciones ni regímenes políticos y sociales
satisfactorios para las mayorías, ni serán duraderos.
La liberación de los seres humanos y las sociedades es lo que abrirá las puertas a la creación de un mundo nuevo. ¿Parece demasiada ambición? Sí, naturalmente. Pero es lo único factible.
(Palabras del autor en el 12º Paradigmas Emancipatorios)