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Al Qaeda,
Estado Islámico de Iraq y el Levante,
Estados Unidos,
Iraq,
Siria
27 septiembre 2014
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Por Iñigo Sáenz de Ugarte
El Pentágono no lo esconde. La lucha contra el Estado Islámico en Siria e Iraq
durará años (War on Terror II, la secuela).
Como
en principio el Gobierno ha descartado el uso de fuerzas de tierra, son
noticias estupendas para los fabricantes de misiles Tomahawk.
Van a tener que completar las existencias muy pronto. Y los generales
volverán a figurar omnipresentes en las pantallas de las televisiones de
EEUU, como ya está ocurriendo.
Estando Iraq de por medio, no es extraño que haya una marcada
diferencia entre la retórica y la realidad. Según la primera, el Estado
Islámico es la mayor amenaza a la que se enfrenta Occidente ahora mismo.
Es otra encarnación del mal absoluto.
Pero luego en el mundo
real no hay tanta urgencia. Los ataques aéreos de EEUU no derrotarán por
sí solos a los yihadistas, ha dicho John Kerry, 24 horas
después de que se extendieran a Siria. “No deberían pensar que se
producirá una gran retirada en las próximas dos semanas”, ha dicho el
secretario de Estado a CNN.
Eso ya lo sabíamos. Con los bombardeos, se puede frenar a una fuerza
militar en movimiento e impedir el avance de los yihadistas sobre el
Kurdistán iraquí. Para lo que no sirve, por ejemplo, es para expulsar
al Estado Islámico de Mosul, a menos que se esté dispuesto a destruir la
mitad de la ciudad.
Cualquier análisis sobre las consecuencias reales del primer ataque
norteamericano en Siria debe ponerse en el contexto de lo que está
ocurriendo en Iraq. Como cuenta el NYT, seis semanas después de que
aviones y drones comenzaran a atacar al Estado Islámico allí, el
Ejército iraquí
no ha conseguido aprovechar esos bombardeos para recuperar posiciones. Antes al contrario, se suceden espectaculares ejemplos de incompetencia militar.
El último caso: hay en la provincia de Anbar centenares de
soldados en una posición rodeada por el enemigo, de los que no se tiene
información desde hace varios días: podrían estar aún resistiendo el
sitio, haber muerto o o haberse rendido.
Entre los objetivos atacados en Siria, se encuentran los de un
misterioso grupo llamado Khorasan, que ha pasado en semanas de ser muy
poco conocido a ser presunto responsable de la organización de
un ataque “inminente” en
EEUU. Que sean miembros de Al Qaeda que se han refugiado en Siria no es
sorprendente. Que sus objetivos no tengan que ver con la guerra siria,
sino con la idea de Bin Laden de atacar directamente a los países
occidentales es algo muy diferente, y eso sólo pueden saberlo los
servicios de inteligencia, que nunca son muy explícitos con las pruebas
con las que cuentan.
[También hay fuentes, anónimas claro,
que dicen que ese plan no era inminente. No habían elegido un objetivo del atentado, ni el momento o el método de llevarlo a la práctica.]
En este artículo,
quedan patentes algunas dudas sobre este grupo, incluido su nombre. La
conclusión a la que llega es que no se trata de una organización por sí
misma, aunque los titulares parezcan decir eso. La hipótesis más
probable es que respondan ante Al Zauahiri –se supone que escondido en
Pakistán– y que hayan recibido ayuda del Frente Al Nusra, el grupo
insurgente sirio enfrentado al Estado Islámico y que prestó lealtad a Al
Qaeda.
La coincidencia de las informaciones
sobre Khorasan y
el debate producido en septiembre en EEUU y Europa sobre qué hacer con
ISIS es, cuando menos, sospechosa. Supone para la Administración
norteamericana una forma excelente de vender a una opinión pública
reticente la idea de implicarse militarmente en la guerra siria. Es
también una forma de justificar legalmente los ataques en ese país.

Portada de The Economist.
Las operaciones en Iraq están cubiertas por el hecho de que el
Gobierno de Bagdad ha pedido ayuda. No ha habido tal petición desde
Damasco. Pero
atacar a un grupo que es parte de Al Qaeda dentro
de Siria tiene la ventaja de que permite usar el argumento de que el
Congreso ya dio la autorización pertinente después del 11S. Esa
aprobación es un chicle que se ha extendido a lo largo de los últimos 13
años para atacar objetivos relacionados de una forma u otra con Al
Qaeda por todo el planeta. Son las ventajas de la guerra que nunca
terminará.
La embajadora de EEUU en la ONU ha dado a Ban Ki-moon
otra justificación legal:
los ataques en Siria son necesarios para defender al Gobierno iraquí,
ya que el Estado Islámico opera a ambos lados de la frontera y el
Gobierno sirio no está en condiciones de impedir su actividad.
Pero lo que cuenta no es tanto la cobertura legal en EEUU (no
parece que el Congreso norteamericano esté muy interesado en cuestionar
los motivos de Obama en esta ofensiva), sino sus posibilidades de éxito
y sus consecuencias en todas las crisis que están teniendo lugar en
Oriente Medio. Respecto al segundo punto, ya nos podemos
olvidar de la Primavera Árabe y de cualquier esfuerzo por propiciar la
defensa de la libertad y de los derechos humanos en la zona.
Las banderas de la imagen de arriba dejan lugar a pocas dudas
sobre los aliados de Occidente en la última operación militar: Arabia
Saudí, Bahréin, Emiratos, Qatar y Jordania.
Los cuatro primeros
países son las monarquías del Golfo que imponen un régimen teocrático
en el que las libertades no tienen cabida. Qatar es el origen de la
ayuda más importante que probablemente hayan recibido los grupos
insurgentes sirios, y de esa ayuda se han terminado beneficiando
al Estado Islámico y Al Nusra, ese mismo grupo que da cobijo a Khorasan.
Las espantosas imágenes de la decapitación de rehenes tienen su
reverso en las decenas de ejecuciones que se produjeron con el mismo
método en Arabia Saudí en agosto (en una de ellas la víctima fue
condenada por “brujería”). Las circunstancias no son las mismas, pero
sólo considerando que el sistema judicial saudí es similar al de España o
Francia se puede sostener que la comparación es absurda.
Al igual que en 1990, tras la invasión de Kuwait, EEUU intenta hacer
ver que no es una cruzada particular contra un enemigo declarado, sino
una coalición internacional formada por decenas de países contra un
ejemplo paradigmático de barbarie. Invadir un país es desde luego una
acción que merece ser respondida. Intervenir en la guerra civil de otro
país es, por el contrario, lo que se puede denominar como una guerra
elegida. Y por espectacular que sea la intervención (algo que deberíamos
tener presente por lo ocurrido en Iraq desde 2003), el desenlace no
tendrá que ver tanto con el número de divisiones o aviones empleados,
sino por la situación interna de ese país (la relación de fuerzas, la
capacidad de un Estado de imponer su autoridad sin necesidad de desatar
un baño de sangre, etc.)
En Iraq no hay aviones extranjeros que puedan sustituir las
funciones de un Estado fallido. El Estado Islámico no será expulsado de
Mosul o de Faluya a menos que el Ejército iraquí pueda intervenir sin
ser considerado una fuerza de ocupación por la población local.
Por dar un ejemplo,
31 civiles (incluidos
24 niños) murieron en un bombardeo de la Fuerza Aérea iraquí sobre una
escuela cerca de Tikrit el 1 de septiembre que albergaba a refugiados.
La alternativa no puede ser destruir todas esas ciudades para poder
‘liberarlas’.
El nuevo Gobierno iraquí ha ordenado que no se repitan ataques aéreos
como ese en zonas civiles, pero eso hará que su contraofensiva sea
lenta e incierta. Lo más que se puede esperar en estos momentos es que
consiga defender sus propias posiciones. Mientras los generales y
coroneles sigan huyendo y los soldados sean abandonados a su suerte, no
habrá ninguna posibilidad de hacer frente a los yihadistas.
El Estado Islámico ha prosperado gracias a la falta del
legitimidad del Gobierno de Bagdad y a la corrupción de sus fuerzas
militares y de seguridad. Sin solucionar esos problemas, no habrá
opciones de cambiar la situación sobre el terreno.

En
Siria, no hay ni siquiera esa posibilidad. EEUU y Europa no van a
volcar todo su esfuerzo para que Siria derrote a sus enemigos. Lo que
queda es una quimera: debilitar mes tras mes al Estado Islámico hasta
que un ‘caballero blanco’ resurja de sus cenizas y venza primero a los
yihadistas y luego a Asad. Es la tesis de los que buscan descubrir a los
“rebeldes moderados”, que es el equivalente a la promesa de Dios a
Abraham de que no destruiría Sodoma si conseguía encontrar a “50
justos”. Buena suerte, Abraham.
Una guerra se hace con sangre y con dinero. Si quieres vencer, la
sangre la tienen que poner los otros y tú debes tener acceso al dinero
para comprar armas, equipamiento y alimentos para tus tropas. Mientras
los insurgentes del FSA (al que se llama moderado y casi ha desaparecido
de la mayor parte de las zonas no controladas por Damasco) cobren unos
50 dólares al mes, y los miembros del Estado Islámico reciban 300, 600 o
hasta mil dólares al mes (porque todas esas cifras se han manejado), no
habrá ninguna duda del desenlace de ese conflicto.
Su implantación en amplias zonas de Iraq y Siria ha permitido
al Estado Islámico controlar pozos petrolíferos en ambos países. Extraer
petróleo no sirve de nada si no lo puedes vender. La gente se
sorprendería al saber lo fácil que es hacerlo en las zonas fronterizas
de Iraq, Siria, Turquía e Irán desde hace varias décadas, en especial
desde que comenzaron las sanciones contra Iraq en 1990.
De entre todos los artículos que he leído, el más revelador
es este del FT,
que apunta a la colaboración de (y esto es una nueva paradoja) uno de
los mayores enemigos del Estado Islámico, precisamente porque lo tiene
muy cerca: el Gobierno del Kurdistán iraquí.
Desde hace casi 25 años, decenas de miles de barriles de petróleo
iraquí pasan de contrabando hacia Turquía, sobre todo, y otros países. A
mediados de los 90, ese tráfico llegó a provocar una miniguerra civil
entre los grandes partidos/tribus kurdas. Los beneficios eran y son
inmensos. Cuando se dice que el Kurdistán iraquí ha conseguido mantener
un nivel apreciable de prosperidad desde 2003, es porque ese petróleo de
contrabando ha mantenido llenos los bolsillos de todo el mundo.
Como explica en el artículo un profesor de la universidad de
Suleimaniya, esa red es posible gracias a varias pequeñas refinerías en
el Kurdistán. El Gobierno no puede cerrarlas porque buena parte del
combustible que usa la población procede de allí. Si las cerrara,
subiría el precio de la gasolina. No puede hacerlo, porque depende de
esos ingresos para pagar los salarios de sus funcionarios, que se
aprovechan también del combustible barato. No puede pagar esos salarios,
porque el Gobierno de Bagdad no ha entregado fondos para su presupuesto
desde hace ocho meses.
Y así volvemos al punto de partida.
Iraq no funciona como un
Estado normal, además de por su alto nivel de corrupción, por las
pésimas relaciones entre Bagdad y todos aquellos centros de poder que no
estén controlados por chiíes. Dicho en términos coloquiales,
los kurdos se buscan la vida haciendo lo que llevan décadas haciendo, y
no les molesta demasiado porque todo lo que no sea depender de Bagdad
les beneficia políticamente.
En mitad de ese caos, el Estado Islámico se aprovecha para
hacer negocio. Y es un negocio de entre uno y dos millones de dólares
diarios. Con eso se puede financiar un Ejército bastante grande.
En el discurso en que dio a conocer su nueva política, Obama se
refirió a Yemen como un ejemplo de intervención permanente de EEUU
contra grupos terroristas. ¿Y qué ha pasado en Yemen?: años de ataques
con drones, eliminación de dirigentes de los insurgentes pero al mismo
tiempo reforzamiento del poder de esos grupos gracias precisamente a
esos ataques, progresiva debilidad del Gobierno.
Sí, el Pentágono no se equivoca. Esto va a durar años. Otra década de guerra sin fin.
—
16.30
Veo ahora que en la pasada noche se ha producido un ataque norteamericano contra seis refinerías controladas
por el Estado Islámico en la zona oriental de Siria (el Pentágono dice
que han sido 12 con el lanzamiento de 41 misiles y el ataque de 16
aviones). Lógicamente, no iban a esperar mucho tiempo antes de ordenar
una operación de estas características.

Gráfico del Financial Times.
(Tomado de Guerra Eterna)