Nota de José Miguel: La bullanguería de nosotros los cubanos traspasa la frontera del pais y ya somos identificados en el mundo como ciudadanos altamente ruidosos. El siguiente artículo de SPUTNIK asi lo corrobora y yo lo comparto con ustedes.
LA HABANA
(Sputnik) — Si de ruidos se trata, un buen número de cubanos, jóvenes y
viejos, sin distinción de raza o sexo, están empecinados en contribuir a
la contaminación sonora ambiental, a costa incluso de la salud física y
mental de sus congénere
Quizás
alguien recordará aquel popular estribillo de una canción de moda en
los años 80, de la popular orquesta cubana Van Van, que decía: "La
Habana no aguanta más", pero en pleno siglo XXI, tampoco aguantan otras
ciudades como Santiago de Cuba o Santa Clara, Cienfuegos o Camagüey, o
cualquier otra villa de esta isla que no escapa de la altisonante
algarabía social.
De aquellas tranquilas, apacibles y veraniegas ciudades del Trópico poco
va quedando, y las quejas de muchos cubanos se incrementan en la medida
que la atmósfera se enrarece cuando impactan las violentas ondas
hertzianas, salidas de bocinas ambulantes, teléfonos celulares
convertidos en radio-parlantes, y los gritos, cada día más abundantes,
matizados con palabrotas de difícil repetición.
Aun cuando la legislación vigente en la isla contempla sanciones a
tono con lo dispuesto en la Ley 81 de 1997, dictada por el Ministerio de
Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente (CITMA), los infractores hacen
caso omiso, quizás amparados ante la inexplicable "tolerancia" de
quienes están a cargo de imponer, resguardar el orden, y evitar que los
sonidos superen los 55 decibeles que establece la ley.
El artículo 146 de esta ley prohíbe,
entre otras cosas, "producir sonidos, ruidos, olores, vibraciones y
otros factores físicos que afecten o puedan afectar la salud humana o
dañar la calidad de vida de la población".
En materia jurídica, Cuba cuenta además con el Decreto-Ley 200/99 para
Contravenciones en Materia de Medio Ambiente, que en su artículo 11
establece multas de 200 y hasta 2.250 pesos para los infractores; y la
Resolución 4/1991 del Instituto Nacional de la Vivienda —Reglamento
General de los Edificios Multifamiliares—, que en su Capítulo IV regula
las normas de convivencia.
Otro recurso legal es el Decreto-Ley 141/1988, que regula las
contravenciones del orden interior y precisa en su artículo 1 que
"contraviene el orden público quien perturbe la tranquilidad de los
vecinos, especialmente en horas de la noche, mediante el uso abusivo de
aparatos electrónicos, o con otros ruidos molestos e innecesarios".
Pero, a pesar de esas y otras muchas regulaciones, disposiciones,
leyes y decretos-leyes —que no cumplen ni se hacen cumplir—, muchos
cubanos no sacan los dedos del dial, que apunta al tope máximo de
volumen.
De víctimas e infractores
Josefina Rosales, ama de casa y vecina del municipio Playa, en La
Habana, ya no sabe qué hacer con los ruidos que cada día debe soportar,
procedentes de los vecinos del edificio contiguo a su domicilio.
"Es imposible ver hasta la televisión
con tranquilidad, porque mis vecinos no paran de poner música a todo lo
que da su equipo. Todos los días tienen una buena razón para 'fiestar',
pero parece que la fiesta es en mi casa y no en la de ellos", comentó a
Sputnik la atribulada mujer.
La mayor preocupación de esta señora es que la constante exposición a
esos "ataques sonoros" de sus vecinos le mantiene descompensada la
presión arterial, y sufre de constantes dolores de cabeza.
"He llamado a la Policía en varias ocasiones —asegura—, y muchas
veces no vienen, o cuando lo hacen, regañan a mis vecinos, pero cuando
se marchan, ponen la música más alta que como la tenían, en represalia a
mi queja, y me han llegado a gritar iracundos, que si me molesta la
música, que me mude".
Escándalos en cuatro ruedas
Este escenario de indefensión también se puede encontrar en los
ómnibus, taxis —estatales y privados—, y otros vehículos destinados al
transporte público, donde se pueden sufrir los escandalosos conciertos
del agrado del conductor, que previamente y violentando el diseño
original del vehículo colocó estratégicas bocinas para que la música de
su preferencia sea escuchada hasta por los sordos.
A pesar de que existen regulaciones del Ministerio de Transporte que
establecen qué tipo de música y a qué nivel de volumen deben emplearse
en los ómnibus urbanos o de transporte interprovincial, los conductores
se hacen los desentendidos.
Sobre el tema, Sputnik conversó con Javier Ramírez, un estudiante de
ingeniería en la Universidad Tecnológica de La Habana y residente en el
capitalino municipio de Centro Habana que no esconde su rechazo a estas
prácticas en el transporte público.
"Por razones de la distancia y lo malas que están las guaguas [ómnibus estatales],
no tengo más remedio que usar carros de alquiler [taxis privados],
donde a pesar de ir apiñados en los asientos tengo que escuchar
obligatoriamente la música que le gusta al chofer, que la ponen a todo
lo que da", señala.
"¿Quejarse? —se pregunta Ramírez—, ¿a
quién? ¿al chofer?. No me diga eso que da risa. Cuando te quejas, el
chofer te responden que el carro es de él y pone la música que le dé la
gana".
Tampoco se quedan fuera de la invasión acústica los pregoneros
ambulantes, que también aportan su cuota al desmadre sonoro, empleando
técnicas acústicas que rompen el encanto tradicional de los populares
pregones, para ser sustituidos por estridentes anuncios repetitivos que
salen de maltrechas bocinas agregadas a sus bicicletas o carretones.
Música alta y teléfonos
Los más jóvenes, teléfono en mano o con pequeñas bocinas portátiles,
obviando el uso de los audífonos, compiten entre sí a ver quién logra
poner más alto una canción.
"El efecto y los daños de los ruidos son tan nocivos como cualquier
enfermedad", comentó a esta agencia Francisco Martínez, un médico
jubilado residente en la zona de El Vedado, en La Habana.
"Lo peor —dice— es que esos molestos ruidos son provocados desde la inconsciencia, la indisciplina social, y sobre todo,
es una elemental falta de respeto a los demás. Hace falta se apliquen las leyes con rigor, contra los que no saben vivir en comunidad".
A las crónicas crisis cubanas de vivienda, transporte,
abastecimientos, y comercio, se une esta ruidosa añadidura que por años
se enquista con más fuerza, sin dejar demasiado margen a los que
prefieren la tranquilidad como forma de vivir.