miércoles, 14 de noviembre de 2018

Declaración del MINSAP: Cuba no continuará participando en el Programa Más Médicos (+ Infografía y PDF)



Más de 700 municipios brasileños tuvieron un médico por primera vez en la historia, y fue cubano.
El Ministerio de Salud Pública de la República de Cuba, comprometido con los principios solidarios y humanistas que durante 55 años han guiado la cooperación médica cubana, participa desde sus inicios en agosto de 2013 en el Programa Más Médicos para Brasil. La iniciativa de Dilma Rousseff, en ese momento presidenta de la República Federativa de Brasil, tenía el noble propósito de asegurar la atención médica a la mayor cantidad de la población brasileña, en correspondencia con el principio de cobertura sanitaria universal que promueve la Organización Mundial de la Salud.

Este programa previó la presencia de médicos brasileños y extranjeros para trabajar en zonas pobres y apartadas de ese país.
La participa
ción cubana en el mismo se realiza a través de la Organización Panamericana de la Salud y se ha distinguido por ocupar plazas no cubiertas por médicos brasileños ni de otras nacionalidades.

En estos cinco años de trabajo, cerca de 20 mil colaboradores cubanos atendieron a 113 millones 359 mil pacientes, en más de 3 mil 600 municipios, llegando a cubrirse por ellos un universo de hasta 60 millones de brasileños en el momento en que constituían el 80 por ciento de todos los médicos participantes en el programa. Más de 700 municipios tuvieron un médico por primera vez en la historia.

La labor de los médicos cubanos en lugares de pobreza extrema, en favelas de Río de Janeiro, Sao Paulo, Salvador de Bahía, en los 34 Distritos Especiales Indígenas, sobre todo en la Amazonía, fue ampliamente reconocida por los gobiernos federal, estaduales y municipales de ese país y por su población, que le otorgó un 95 por ciento de aceptación, según estudio encargado por el Ministerio de Salud de Brasil a la Universidad Federal de Minas Gerais.

El 27 de septiembre de 2016 el Ministerio de Salud Pública, en declaración oficial, informó próximo a la fecha de vencimiento del convenio y en medio de los acontecimientos en torno al golpe de estado legislativo judicial contra la presidenta Dilma Rousseff que Cuba “continuará participando en el acuerdo con la Organización Panamericana de la Salud para la aplicación del Programa Más Médicos, mientras se mantengan las garantías ofrecidas por las autoridades locales”, lo cual se ha respetado hasta este momento.

El presidente electo de Brasil, Jair Bolsonaro, con referencias directas, despectivas y amenazantes a la presencia de nuestros médicos, ha declarado y reiterado que modificará términos y condiciones del Programa Más Médicos, con irrespeto a la Organización Panamericana de la Salud y a lo convenido por esta con Cuba, al cuestionar la preparación de nuestros médicos y condicionar su permanencia en el programa a la reválida del título y como única vía la contratación individual.

Las modificaciones anunciadas imponen condiciones inace ptables e incumplen las garantías acordadas desde el inicio del Programa, que fueron ratificadas en el año 2016 con la renegociación del Término de Cooperación entre la Organización Panamericana de la Salud y el Ministerio de Salud de Brasil y el Convenio de Cooperación entre la Organización Panamericana de la Salud y el Ministerio de Salud Pública de Cuba. Estas inadmisibles condiciones hacen imposible mantener la presencia de profesionales cubanos en el Programa.

Por tanto, ante esta lamentable realidad, el Ministerio de Salud Pública de Cuba ha tomado la decisión de no continuar participando en el Programa Más Médicos y así lo ha comunicado a la Directora de la Organización Panamericana de la Salud y a los líderes políticos brasileños que fundaron y defendieron esta iniciativa.

No es aceptable que se cuestione la dignidad, la profesionalidad y el altruismo de los colaboradores cubanos que, con el apoyo de sus familias, prestan actualmente servicios en 67 países. En 55 años se han cumplido 600 mil misiones internacionalistas en 164 naciones, en las que han participado más de 400 mil trabajadores de la salud, que en no pocos casos han cumplido esta honrosa tarea en más de una ocasión. Se destacan las hazañas de la lucha contra el ébola en África, la ceguera en América Latina y el Caribe, el cólera en Haití y la participación de 26 brigadas del Contingente Internacional de Médicos Especializados en Desastres y Grandes Epidemias “Henry Reeve” en Pakistán, Indonesia, México, Ecuador, Perú, Chile y Venezuela, entre otros países.

En la abrumadora mayoría de las misiones cumplidas los gastos han sido asumidos por el gobierno cubano. Igualmente, en Cuba se han formado de manera gratuita 35 mil 613 profesionales de la salud de 138 países, como expresión de nuestra vocación solidaria e internacionalista.

A los colaboradores se les ha mantenido en todo momento el puesto de trabajo y el 100 por ciento de su salario en Cuba, con todas las garantías laborales y sociales, como al resto de los trabajadores del Sistema Nacional de Salud.

La experiencia del Programa Más Médicos para Brasil y la participación cubana en el mismo demuestra que sí se puede estructurar un programa de cooperación Sur-Sur bajo el auspicio de la Organización Panamericana de la Salud, para impulsar sus metas en nuestra región. El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo y la Organización Mundial de la Salud lo califican como el principal ejemplo de buenas prácticas en cooperación triangular y la implementación de la Agenda 2030 con sus Objetivos de Desarrollo Sostenible.

Los pueblos de Nuestra América y del resto del mundo conocen que siempre podrán contar con la vocación humanista y solidaria de nuestros profesionales.

El pueblo brasileño, que hizo del Programa Más Médicos una conquista social, que confió desde el primer momento en los médicos cubanos, aprecia sus virtudes y agradece el respeto, sensibilidad y profesionalidad con que le atendieron, podrá comprender sobre quién cae la responsabilidad de que nuestros médicos no puedan continuar prestando su aporte solidario en ese país.

La Habana, 14 de noviembre de 2018
Diseño: Edilberto Carmona/ Cubadebate.

domingo, 11 de noviembre de 2018

La socialista que se convirtió en la congresista más joven en la historia de EE.UU.




Defensora del salario mínimo de 15 dólares la hora, de abolir la policía migratoria, de ampliar la cobertura de salud y de eliminar la matrícula en universidades públicas, Alexandria Ocasio-Cortez derrotó al republicano Anthony Pappas













Nueva York. La neoyorquina Alexandria Ocasio-Cortez, de solo 28 años y de origen puertorriqueño, se convirtió en la congresista más joven en la historia de Estados Unidos al ganar un escaño en la Cámara de Representantes por el Partido Demócrata.

Según todas las proyecciones electorales de los medios locales, Ocasio arrasó con un porcentaje de apoyos superior al 76 % frente al candidato republicano en este distrito, que incluye el Bronx y Queens, Anthony Pappas.

No muchos la conocían hasta setiembre, cuando su cómodo e inesperado triunfo en las primarias demócratas de un distrito que incluye partes de Bronx y de Queens, contra el veterano congresista en funciones Joe Crowley, dejó a todos boquiabiertos y la convirtió en una estrella de la política.

La joven latina, que se autodefine como socialista, se transformó de pronto en el símbolo de una gran ola de mujeres demócratas que pertenecen a minorías y que, hastiadas del statu quo demócrata y del gobierno de Trump, están revolucionando a la élite de su partido.

Defensora del salario mínimo de 15 dólares la hora, de abolir la policía migratoria (ICE), de ampliar la cobertura de salud y de eliminar la matrícula en universidades públicas, promete también luchar contra el cambio climático y combatir los crecientes costos de la vivienda en Nueva York.
"Es muy joven, tiene mucha energía y es muy inteligente (...); e
s muy buena candidata y ha trabajado muy duro", dijo a la AFP la analista política Jeanne Zaino, profesora del Iona College. Y se ha beneficiado "de la frustración real que hay en el país, en la derecha y en la izquierda, con el establishment", apunta.
La fotogénica Ocasio-Cortez también ha participado en las últimas semanas en campañas por otros candidatos del ala izquierda del Partido Demócrata en Kansas, California, Misuri o Michigan.

Para Zaino la pregunta clave es si Ocasio-Cortez y otros "radicales" conseguirán tomar las riendas del Partido Demócrata y provocarán cambios en el gobierno, o si terminarán siendo un equivalente del "Tea Party" republicano, que ganó fuerza en sus inicios pero al final se desbarató.
"Aún no sabemos la respuesta. Mucho depende no solo de lo que pase 
en 2018, porque no veremos ahora grandes cantidades de progresistas electos, sino en 2020 y 2022, porque esto lleva tiempo", afirmó.
--- "El Congreso es demasiado viejo" ---

Nacida en el Bronx, donde reside actualmente en un modesto apartamento de un dormitorio, Ocasio-Cortez se presenta como un cambio en todo sentido: es joven, es mujer, es latina, maneja hábilmente las redes sociales y está mucho más a la izquierda que cualquier contrincante.
"El Congreso es demasiado viejo", dijo al portal de noticias Elite Daily. "No tienen nada en juego".
El promedio de edad de los representantes estadounidenses es de 57,8 años, más del doble de la edad de Ocasio-Cortez.
Proveniente de una familia de clase media, su padre era arquitecto y su madre una ama de casa puertorriqueña. Pero las cosas se complicaron con la muerte de su padre de un cáncer en 2008, en plena crisis subprime y cuando Alexandria estudiaba en la universidad.
La familia quedó al borde de la quiebra, su madre comenzó a limpiar casas, y la propia Alexandria trabajó largas jornadas como mesera para ayudar a la familia.
Logró estudiar economía y relaciones internacionales en la Universidad de Boston, donde trabajó también con el fallecido senador Ted Kennedy. Y luego fue organizadora del candidato presidencial de izquierda Bernie Sanders en las elecciones de 2016.
--- Puerta a puerta ---

Su candidatura comenzó desde abajo: con una bolsa de supermercado al hombro, la joven distribuyó folletos puerta por puerta durante meses.
"Es mucho más difícil detestar a alguien cuando le conoces, es por eso que el trabajo puerta a puerta es tan importante", dijo en una reciente reunión política en un café de Queens, organizada por la comunidad gay.
Se presenta en su campaña como una abanderada de los más desposeídos. "No se supone que las mujeres como yo disputen cargos electorales", dijo en un video que publicó en su página web y se tornó viral, pese a su pequeño presupuesto.
Ocasio-Cortez aún está pagando su deuda universitaria, cuando ganó las primarias no tenía seguro médico, y dice que pensó que nunca tendría el dinero para lanzar una candidatura. Además, como Sanders, ha rechazado donaciones de empresas y el 67% de sus fondos de campaña -que totalizan casi un millón de dólares- provienen de contribuciones inferiores a 200 dólares, según la ONG Open Secrets.
"Realmente me inspira ver que se puede pasar de ser mesera a representante en el Congreso", estimó la neoyorquina Kaitlyn Richter, una de sus votantes. "Vemos bien que conoce todos los problemas de los que habla".

Fuente: AFP

viernes, 9 de noviembre de 2018

¿Quién se enfrentará a Donald Trump en 2020?


JOSETXU L. PIÑERO
Se abren las quinielas para ver quién será el candidato demócrata en las próximas elecciones presidenciales

Como suele decir la prensa alemana tras unos comicios, "Nach der Wahl ist vor der Wahl" (Después de las elecciones es antes de las elecciones"). Cinco meses después de que el republicano Donald Trump llegara a la Casa Blanca, comienzan las apuestas en Washington sobre quién será el candidato demócrata en las elecciones presidenciales de 2020.

Tras la dolorosa derrota de Hillary Clinton en 2016, los demócratas buscan un candidato capaz de movilizar a las bases y ganar a Trump en 2020. ¿Deben apostar por una candidato del 'establishment' del partido, un candidato alternativo o por un famoso? ¿Es mejor un candidato joven o un político consagrado? 

Nadie tiene claro cuál es la mejor formula para derrotar a Trump ni quien será la nueva cara del Partido Demócrata. Las quinielas están más abiertas que nunca. Todo es posible.

Como asegura el diario 'The Washington Post', el 'efecto Trump' ha hecho que todo el mundo esté pensando en presentarse a presidente y considere que no hace falta estar muy cualificado para el puesto. Al fin y al cabo, si Trump, - empresario inmobiliario y ex presentador de un 'reality show' sin experiencia política- logró ser presidente, cualquiera puede llegar a la Casa Blanca.

La baja popularidad de Trump en las encuestas, los escándalos que rodean su presidencia y la ola de protestas contra el mandatario hace que muchos en el Partido Demócrata sueñen con ganar en 2020.

El ex vicepresidente Joe Biden ha lanzado este mes un Comité de Acción Política (PAC) llamado 'American Possibilities' (Posibilidades estadounidenses), lo que ha alimentado los rumores sobre una posible candidatura presidencial suya en 2020.

Otros nombres que suenan en las quinielas del Partido Demócrata son políticos consagrados como el gobernador de Nueva York Andrew Cuomo y el ex gobernador de Maryland Martin O'Malley.

Muchos en el partido preferirían traer sangre fresca a la contienda nacional. Y se barajan nombres como los de los alcaldes Mitch Landrieu de Nueva Orleans o Eric Garcetti de Los Ángeles, los congresistas Seth Moulton y Adam Smith, los senadores Cory Booker y Al Franken y las senadoras Kamala Harris y Kirsten Gillibrand.

El ala izquierda del partido apuesta por el senador independiente Bernie Sanders, a quien Clinton derrotó en las primarias demócratas, o por la senadora demócrata Elizabeth Warren. Muchos en el partido se preguntan, sin embargo, si Sanders, que en 2020 cumplirá 79 años, es demasiado viejo para ser candidato. Sus seguidores consideran que no lo es, ya que el presidente y Sanders son casi de la misma edad. Trump cumplirá 74 años en 2020. 

Otros buscan un comodín fuera del partido y creen que los demócratas deberían fichar a un famoso para derrotar a Trump en las urnas. Entre los famosos que suenan en las quinielas destacan la presentadora Oprah Winfrey, el dueño del equipo de los Mavericks de Dallas de la NBA Mark Cuban, el ex presidente de Starbucks Howard Schultz o el creador de Facebook Mark Zuckerberg o el actor Dwayne 'la roca' Johnson.

miércoles, 7 de noviembre de 2018

Los legisladores contra el rey sin corona


 

 

Por Michel Torres Corona
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La organización constitucional de los Estados Unidos está signada por la tripartición de poderes, que enuncia un supuesto equilibro entre órganos legislativo, ejecutivo y judicial. Pero lo cierto es que la Carta Magna estadounidense hace de la figura presidencial (es decir, el ejecutivo) un “rey sin corona”, cuyo único riesgo está en la prevalencia de un partido contrario en los demás órganos.

Por ello, en una jugada política del Partido Demócrata para limitar (e intentar incluso inutilizar) el mandato presidencial del polémico magnate Donald Trump, las muy recientes elecciones celebradas sirvieron como escenario idóneo para intentar renovar buena parte de los escaños ocupados por una mayoría republicana en el Congreso y sus dos cámaras (la Casa de Representantes y el Senado).

Pero la llamada “ola” o “marea azul” no fue precisamente ese tsunami avasallador que tanto se anunció en medios y redes sociales.

Los legisladores contra el rey sin corona

Es cierto: el saldo general puede catalogarse como una victoria para el partido de Obama (que salió de su retiro para hacer campaña por los candidatos demócratas, en un claro afán de capitalizar el descontento con la administración Trump). El Partido Demócrata recuperó el control de la Cámara de Representantes, tras ocho años de hegemonía republicana. Sin embargo, los “elefantes rojos” se mantuvieron con mayoría en el Senado.
Esto no quiere decir que Trump tendrá por delante un camino de rosas, como lo tuvo en sus dos primeros años de mandato cuando podía hacer y deshacer sin que del Congreso se pudieran alzar voces en contra. Pero tampoco serán los demócratas un obstáculo insalvable.

Aunque podrán bloquear la aprobación de leyes e impulsar sus propios proyectos legislativos, los demócratas requerirán el visto bueno de ambas cámaras del Congreso y casi nunca podrán sortear el muro republicano en el Senado. Y sí, los muchachos del equipo de Obama y Hillary ahora disponen de los votos necesarios para impulsar un proceso de impeachment.  Pero para que prospere la destitución del presidente se precisa de dos tercios de los senadores. Y eso no es factible que lo consigan. Así que lo más probable es que Donald siga siendo presidente, por lo menos durante dos años más.

La nueva conformación del Congreso, dividido y polarizado en sus dos cámaras, marca el fin de la agenda unilateral del Partido Republicano, y sin dudas, una nueva fase de mayor supervisión sobre la Casa Blanca por parte de sus opositores políticos, lo que podría reavivar investigaciones que pueden ser impulsadas por la Cámara de Representantes con respecto a los muy llevados y traídos temas de supuesta injerencia rusa en las elecciones presidenciales y los negocios turbios de Trump.

Pero también hay que aclarar que el “rey sin corona” puede gobernar sobre su país con decretos, como ya lo hizo Obama cuando se enfrentó a un legislativo con apabullante mayoría republicana. Incluso cuando intentaron un “cierre técnico” al no aprobar fondos, la administración del primer presidente negro de los Estados Unidos siguió adelante a golpe de normativas aprobadas unipersonalmente.

Trump ya ha hecho uso de estos decretos con bastante regularidad, en gran medida para deshacer normativas aprobadas por su antecesor. Ahora, con una mayoría demócrata en la Casa de Representantes, estos decretos de seguro serán su arma fundamental.

La Florida y los cubanoamericanos

Para Cuba, las elecciones en Estados Unidos (del tipo que sean) siempre resultan de particular interés. Nadie puede obviar la fuerte presencia que históricamente ha tenido la comunidad cubanoamericana en la política estadounidense, muchas veces coadyuvando al aumento de la agresividad contra nuestro país y nuestro sistema político.

Estas elecciones de medio término han arrojado un grupo de resultados de particular interés para Cuba. Si bien la Florida se mantuvo roja (en el sentido del “rojo republicano”, por supuesto), con la elección para el senado de un hombre cercano a Trump como Rick Scott y la victoria para la gubernatura del republicano Ron DeSantis, este Estado de la Unión no estuvo exento de sorpresas.

La más sonada fue la derrota de Carlos Curbelo ante la demócrata Debbie Mucarsel-Powell, prácticamente desconocida en Miami. Curbelo es un político de rancio discurso contra Cuba y la “cruel, inhumana y violenta dictadura de los Castro” y aliado tradicional de las posiciones más retrógradas con respecto a la normalización de relaciones y las injustas sanciones que impone el gobierno estadounidense a nuestro país. Sin embargo, su tradicional base de apoyo esta vez le falló y sucumbió ante la “marea azul” y la prédica de Mucarsel-Powell, que lo acusó (con razón) de votar en contra del Obamacare, un programa al que la mayoría de sus votantes están adscritos.

Otra gran derrotada fue la “heredera política” de Ileana Ros-Lehtinen, la presentadora de televisión María Elvira Salazar, con una apabullante diferencia de 15 mil votos frente a la demócrata Donna Shalala. A la comunidad de Miami y a ese autodenominado (ridículamente) “exilio histórico” solo le resta perder al senador Marco Rubio  y el representante Díaz-Balart. Por desgracia, estos heraldos de la mafia anticubana conservarán sus trabajos.
Otros políticos cubanoamericanos que se mantuvieron en sus puestos fueron el demócrata Bob Menéndez (entusiasta activista de la inclusión de Cuba en la lista de países patrocinadores del terrorismo) y el republicano Ted Cruz, cuya victoria electoral fue un significativo logro para que su partido retuviera el control sobre el Senado.

Ya sea por la intensa campaña de los demócratas, por el repudio a la presente administración o por un recambio generacional que sustrae voto a los favoritos de siempre, lo cierto es que ese gremio oscuro de discurso agresivo contra nuestro país ha sufrido con estas elecciones dolorosas derrotas. Espero que nunca se recuperen.

lunes, 5 de noviembre de 2018

Entre puertorriqueños y cubanos, Florida es campo de una batalla electoral




El expresidente de Estados Unidos, Barack Obama (centro), en un acto de campaña en Miami acompañado por el candidato a gobernador de Florida por el Partido Demócrata, Andrew Gillum (izq) y el senador Bill Nelson (der). Foto: AFP.

Dos sentimientos moldean el voto latino en Florida: el disgusto por la respuesta “nefasta” del presidente estadounidense Donald Trump al desastre que dejó el huracán María en Puerto Rico, por un lado, y el deseo de que un gobierno de mano dura enfrente a Cuba, por el otro.

Estados Unidos celebra elecciones de medio mandato este martes, cuando elegirá legisladores, gobernadores y autoridades locales.

En esta carrera polarizada, el país mira de cerca a Florida, un estado pendular en sus preferencias políticas que suele ser clave a la hora de elegir quién se sentará en el Salón Oval, y que suele decidirlo con márgenes muy estrechos.

Por eso, Trump y el expresidente Barack Obama vinieron esta semana a Florida para dar un empujón a los candidatos a gobernador, que las encuestas dan prácticamente empatados.
En otras palabras: cada voto cuenta. Así entra en el escenario el voto latino, que compone 16,4% del electorado de 13 millones.

Los exiliados cubanos, que marcaron la cultura y la economía del sur de Florida en los últimos 60 años, solían tener la hegemonía del voto latino, que era una apuesta segura para los republicanos.
El candidato a gobernador de Florida por el Partido Republicano, Ron DeSantis, el 3 de octubre de 2018 en un acto en West Palm Beach. Foto: Getty Images.

“Los demócratas entregaron la isla a Fidel Castro”, dijo a la AFP uno de ellos, Eduardo Romero, quien llegó a Florida hace 40 años en un bote de seis metros.

“Por una cuestión de honor yo tengo que apoyar a este hombre, para ver si pasa algo en Cuba”, explicó el jubilado de 83 años. Se refería al candidato republicano a gobernador, Ron DeSantis, cuyo nombre no podía recordar.

Romero hacía cola junto a sus hijos para entrar al mitin de Trump esta semana cerca de Fort Myers, al oeste de Florida, con una gorra roja de “Make America Great Again” y una bandera cubana.

DeSantis, un consentido de Trump, y su contendiente demócrata, Andrew Gillum, quien podría convertirse en el primer gobernador negro de Florida, están en los extremos del espectro político estadounidense.

Pero, a pesar de que Trump y su candidato, DeSantis, pueden contar con cubanos anticastristas de ala dura como Romero, el voto latino en Florida ha dejado de ser monolíticamente republicano.

En primer lugar, “hay una mayor cantidad de jóvenes cubanoamericanos de las últimas oleadas migratorias que se inclinan por el partido demócrata”, dijo a la AFP Jorge Duany, director del Cuban Research Institute de la Florida International University (FIU).

Y, en segundo lugar, los puertorriqueños que huyeron de la crisis financiera de su país -y este último año de la devastación que provocó el huracán María, que dejó casi 3.000 muertos-, convirtieron a este grupo en un contrapeso del voto cubano.

Misma proporción, tendencias opuestas

El candidato a gobernador del estado de Florida, Andrew Gillum, el 1 de noviembre de 2018 en un acto de campaña en Miami. Foto: AFP.

Según Pew Research Center, cubanos y puertorriqueños comparten por primera vez este año el mismo porcentaje (31%) de hispanos en edad de votar en un estado de 21 millones de habitantes.
“Prácticamente han llegado a la misma proporción”, dijo Duany.

“Suponemos que el voto cubanoamericano va a ser mayormente republicano y el puertorriqueño será mayormente demócrata, así que hay una especie de batalla política por decidir en qué dirección se va a mover el estado”, añadió.

Y los puertorriqueños están motivados. No olvidan que en los días siguientes a la devastación que dejó el huracán en su isla, el presidente Trump minimizó el calibre de la tragedia y lanzó toallas de papel al público, en un acto que a muchos resultó insultante.

En el mitin de Obama y Gillum el viernes en Miami, una puertorriqueña, Frances Colón, dijo que nunca había visto “tanto entusiasmo” antes en su comunidad.


“Nos hemos unido tras el paso del huracán y de la respuesta nefasta del gobierno federal, donde nos trataron como ciudadanos de segunda categoría”, dijo esta científica de 44 años a la AFP, mientras hacía cola para comprar una camiseta del partido demócrata.

Los puertorriqueños son ciudadanos estadounidenses y pueden votar en tierra firme, siempre que se registren.
Por eso, si bien hay consenso respecto a sus simpatías políticas, es aún incierto cuál será su peso en estas elecciones. Algunos expertos calculan que el éxodo reciente sumó 50.000 votantes a Florida, pero está por verse si saldrán a votar como los demócratas esperan.

“El voto puertorriqueño no es tan grande como se anticipaba originalmente porque muchos puertorriqueños todavía están batallando para instalarse aquí”, dijo a la AFP la analista política Susan MacManus, según quien el peso de este voto se medirá realmente en las presidenciales de 2020.

La clave para analizar el electorado de Florida, de acuerdo a MacManus, es “la intersección entre edad, raza y grupo étnico”.

El censo de Estados Unidos calculaba que para 2016 —antes del huracán—, había un millón de puertorriqueños en Florida, contra 1,4 millones de cubanos.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, el 3 de noviembre de 2018 en un acto de campaña en apoyo de candidatos del Partido Republicano en Pensacola, Florida. Foto: AFP.
(Tomado de 24Matins.es)

sábado, 3 de noviembre de 2018

Bolsonaro: El parto del despotismo que amenaza Latinoamérica.



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Por: Iroel Sánchez

Leo en las redes sociales muchas interpretaciones que culpan al pueblo brasileño por votar – “en democracia”, dicen- por el ultraderechista Jair Bolsonaro con una ventaja considerable sobre el candidato del Partido de los Trabajadores, Fernando Hadad.

Ahora bien, ¿qué democracia es la que eligió a Bolsonaro? Se trata de una democracia liberal con elecciones periódicas en la que cada cuatro, cinco o seis años los ciudadanos dedican un día a votar por quien dirigirá el gobierno del país. El resto del tiempo, día tras día, año tras año, otros poderes no electos -económicos y mediáticos en lo fundamental- condicionan la vida y las percepciones de los ciudadanos.

Se puede alegar que además hay división de poderes: judicial, legislativo y ejecutivo, que es el que ostentará Bolsonaro, y que eso produce un equilibrio. Pero es que fueron los poderes legislativo y judicial -en manos de la misma clase social que decidió romper con la máscara democrática y apoyar a un impresentable como el ex capitán- los que crearon las condiciones para la victoria ultraderechista de este 28 de octubre, primero destituyendo desde el Congreso a Dilma Rousseff de la Presidencia, en un proceso altamente manipulado, y luego encarcelando ilegal e injustamente al candidato más popular: Lula Da Silva, al que el mismo sistema judicial impidió presentarse a elecciones. Si se necesitaba prueba de lo anterior, la declaración de Bolsonaro anticipando su deseo de designar como Ministro de Justicia al juez Sergio Moro -formado en Estados Unidos y perseguidor de Lula- lo acaba de confirmar.

Paralelamente, el sistema mediático estableció, en el imaginario de buena parte de las personas menos formadas e informadas para asumir críticamente sus mensajes, al Partido de los Trabajadores como responsable único de la corrupción y la violencia, dos causas con las que es muy fácil mover el fanatismo religioso organizado en las iglesias evangélicas y empoderado a través de una poderosa televisora como Récord, la segunda del país.

Lo que ocurrió este domingo 29 es lo que el pensador portugués Boaventura de Sousa Santos llama “democracia de baja intensidad”, “una isla de relaciones democráticas en un archipiélago de despotismos (económicos, sociales, raciales, sexuales, religiosos) que controlan efectivamente la vida de los ciudadanos y de las comunidades”.

El hecho de que, tras tres intentos por ganar las elecciones, Lula llegara finalmente al gobierno, y de que fuera ahora el más popular de los candidatos no es prueba de que ese sistema sea democrático sino de que el desgaste producido por el neoliberalismo permitió su llegada a la Presidencia dentro de los estrechos límites del sistema que el ex sindicalista nunca vulneró, ni construyendo nuevos medios de comunicación, ni haciendo una reforma del sistema electoral. Los altos precios del petróleo y la aparición de este en el nuevo yacimiento presal,
explotado estatalmente, permitieron una convivencia temporal con la oligarquía brasileña que no veía afectados sus intereses, pero cuando el precio del petróleo bajó, los del poder verdadero no quisieron compartir los efectos con los de abajo y exigieron también el presal y nuevas privatizaciones. El golpista Michel Temer lo confesó el 21 de septiembre de 2016 en un discurso ante la Sociedad de las Américas y el Consejo de las Américas, con sede en la ciudad de New York:

“…nosotros estábamos convencidos de que sería imposible al gobierno continuar con aquel rumbo y entonces sugerimos al gobierno que adoptase las tesis que apuntábamos en aquel documento llamado Un puente para el futuro. Como eso no sucedió, no se adoptó, se instauró un proceso que culminó ahora con mi instalación como presidente de la República”

En el orden internacional, el factor Washington no es secundario. Lo sucedido en Brasil desde que se instauró espuriamente a Temer como Presidente viene de un proceso comenzado con el golpe militar contra Manuel Zelaya en Honduras, continuado en Paraguay y luego en Brasil con golpes parlamentarios y consolidado con las persecuciones judiciales contra Rafael Correa, su vicepresidente Jorge Glass, Cristina Fernández en Argentina y el propio Lula en Brasil. No sólo es tomar el gobierno sino crear las condiciones para que nunca vuelva a ocurrir que se implementen políticas contra los intereses oligárquicos.

Los jueces, muchas veces entrenados en Estados Unidos, procesan lo que los periodistas, también a menudo formados en el mismo lugar, publican en los medios de comunicación que ofician de fiscales las “pruebas” que condicionan el veredicto de la opinión pública. ¿No ocurrirá lo mismo contra Evo y Maduro si logran ponerlos fuera del gobierno?

No es que esos procesos postneoliberales no cometieran errores, incluyendo la corrupción de algunos de sus líderes, nunca Lula ni Dilma, pero el principal es haber dejado intacto el sistema de dominación clasista que impera en esos países. Es lo que hace la diferencia con Venezuela y Bolivia.

El cerco contra la Venezuela Bolivariana, principal obsesión de Washington en la región desde que Obama la declarara “amenaza inusual y extraordinaria a la Seguridad nacional” arriba a su mejor momento. Una extensa frontera con Brasil está lista para superar lo que ya sucede en el oeste con Colombia como fuente de paramilitarismo y guerra económica. Agréguesele el conflicto fronterizo en el este con Guyana y la mesa está servida para materializar la intervención militar con la que varias veces ha amenazado Donald Trump, la OEA y su Secretario General Luis Almagro están listos para justificarla como una “exigencia humanitaria”.

Para Cuba, como dijo el General de Ejército Raúl Castro, el pasado 26 de julio “el cerco se estrecha”, pero la oligarquía cubana está en Miami, no en La Habana. Su máximo representante -el senador estadounidense Marco Rubio- ya se reunió con Bolsonaro y es de presumir lo que pidió contra la Isla y Venezuela, el presidente electo lo acaba de confirma en una entrevista publicada ayer por el periódico Correio Braziliense: Romperá relaciones diplomáticas con Cuba, algo que no ha hecho ni el mismo Donald Trump.

El nuevo presidente brasileño no es sólo una persona de pensamiento fascista al servicio de quienes lo eligieron para imponer sus intereses en la mayor economía de América Latina sino un enemigo de todos los procesos populares en la región, aliado al sector más extremista de los Estados Unidos que lleva 60 años intentando eliminar la Revolución cubana. Es bueno saberlo.

LA PUPILA INSOMNE

(Al Mayadeen)

Después de Bolsonaro: Hora de reflexión para la izquierda


El triunfo de Jair Bolsonaro en Brasil –un exponente de la más recalcitrante expresión política de la derecha– debe abrir un urgente debate en la izquierda.

Dejamos de lado aquí la exacta precisión semántica de qué entender por “izquierda”, sabiendo que allí nos encontramos con un muy amplio abanico de expresiones, desde la socialdemocracia más conformista hasta grupos radicales que levantan la lucha armada como vía, desde posiciones favorables a la participación en las elecciones democráticas en los marcos burgueses hasta variadas manifestaciones de contestación antisistémica que, a su modo, abren críticas contra el capitalismo (“progresismo” amplio: movimientos feministas, reivindicaciones étnico-culturales, expresiones de la diversidad sexual, grupos ecologistas). En un sentido muy general, todo eso es izquierda, en tanto crítica al modelo hegemónico vigente.

Pues bien: desde la izquierda, cualquiera que ésta sea, es imperioso reconocer que la derecha está ganando la lucha ideológica. ¡Y está ganando agigantadamente! ¿Cómo es posible que poblaciones hundidas en la miseria, violentadas, alejadas de los logros del desarrollo social que trae el mundo moderno, opten por estar con su verdugo? ¿Cómo es posible que una persona afrodescendiente vote a favor de un blanco racista? ¿Quién puede explicar casos como la llegada a la presidencia de un Mauricio Macri en Argentina, o un Jair Bolsonaro en Brasil? El “fracaso del «progresismo», en Brasil como en otros países, abre grandes las puertas a gobiernos ultraconservadores y fascistoides que aprovechan la frustración y la desesperanza de la gente, deslumbrada y enceguecida por las promesas brutales de un gobierno «fuerte» que resolverá todos los problemas”, apunta el analista Alejandro Teitelbaum. Algo parecido sucedió en Argentina con el actual presidente, un neoliberal multimillonario admirador de la dictadura. La explicación arriba citada no se equivoca: las grandes masas aturdidas, asustadas, desesperadas, buscan salidas mesiánicas. Ese es el principio de las religiones. Y también del nazi-fascismo.

Fenómenos así se repiten con mucha frecuencia: triunfo de un racista xenófobo, machista y homofóbico como Donald Trump en Estados Unidos, una derecha anti-inmigración de corte neofascista que va ganando posiciones en Europa, poblaciones atemorizadas que votan por opciones de “mano dura” en distintos países, británicos que apoyan el Brexit para salirse de la Unión Europea –como respuesta racista– o candidatos con posiciones de ultraderecha visceral que ganan elecciones apelando a mensajes religioso-apocalípticos. ¿Cómo entenderlo? ¿Síndrome de Estocolmo? Quizá la explicación psicológica no termina de dar cuenta de la complejidad del fenómeno.

Lo dicho por Teitelbaum es sumamente coherente. Lo cual nos lleva a profundizar preguntas que se hacía Edgar Borges, y que hago mías aquí: “¿Son estos sujetos ultraderechistas marcianos que ganan elecciones en la Tierra, o son interpretaciones de lo que piensa una mayoría?” (manipulada y asustada, deberíamos agregar), “¿Acaso el avance mundial de la ultraderecha no se debe a que la izquierda, desde los años 80, quedó desubicada de la actual metamorfosis del capitalismo?

Todo ello nos plantea dos ámbitos: 1) la derecha está manejando con mucha solvencia la lucha ideológica, y 2) la izquierda no tiene claro su rumbo. Ambas cuestiones son básicas, se interpenetran e interactúan.
La derecha está manejando con mucha solvencia la lucha ideológica

También al decir “derecha” tenemos un campo muy amplio de opciones político-culturales. Son de derecha, pro-capitalista, tanto la socialdemocracia nórdica como los halcones belicistas de Estados Unidos, los empresarios industriales como aquellos que medran (mafiosamente) con la especulación financiera, el Opus Dei como sectores modernizantes que pueden permitirse, por ejemplo, el matrimonio homosexual mientras no se toquen los resortes económicos básicos. Pero a todas estas expresiones une algo en común: defienden a muerte la propiedad privada, “su” propiedad privada. Ser de derecha, en definitiva, es eso: tener algo que perder.

 Los trabajadores, siguiendo el Manifiesto Comunista de 1848, “no tienen nada que perder, más que sus cadenas
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Suele decirse que es un inveterado vicio de la izquierda estar fragmentada y desunida. Gran verdad, por cierto. Pero no lo es menos para la derecha. Acaso las guerras –donde ponen el cuerpo los pobres del mundo, no olvidar– ¿no son una expresión de las luchas mortales entre los grupos de poder? ¿No hay lucha entre distintas facciones de poder político de derecha dentro de los países? Lo remarcable es que, ante la posibilidad de un cambio real en la propiedad privada de los medios de producción, la derecha se une. Como clase sabe claramente, y no lo olvida ni por un instante, que su enemigo mortal es la clase trabajadora (proletariado urbano, obreros agrícolas, pobrerío en sentido amplio –“pobretariado”, para utilizar la correcta caracterización que realiza Frei Betto–). Ante la más mínima muestra de protesta y posibilidad de cambio real en lo social, la derecha, cualquiera sea ella, reacciona. Y reacciona cerrando filas, impidiendo los cambios justamente.
Derecha e izquierda, como grandes polos de la sociedad humana, están continuamente enfrentadas, en guerra mortal, tratando por todos los medios de derrotar al enemigo. No hay ninguna duda que la derecha (el sistema capitalista) tiene mucha ventaja en esta guerra. Siglos de acumulación le permiten disponer de toda la riqueza, saber, fuerza bruta, mañas y demás ingredientes para perpetuar su situación de privilegio. La prueba está en lo difícil, terriblemente difícil que se hace cambiar algo de verdad en el aspecto económico-político-social.

Cambios superficiales, cosméticos, por supuesto que son posibles. Gatopardismo: cambiar algo para que no cambie nada en sustancia. La derecha lo sabe, y se lo puede permitir. Pero cuando las luces rojas de alarma se encienden, reacciona airada. Si es necesario, reprime, mata, tortura, arrasa poblaciones completas, olvida las enseñanzas religiosas de bondad y piedad y no le tiembla la mano para disparar las más mortíferas armas.

En esa guerra ideológica total que disputa minuto a minuto, no escatima esfuerzos para derrotar a su enemigo de clase. Por tanto: miente. Miente mucho, tergiversa las cosas, embauca. Logra hacer que el esclavo piense con la cabeza del amo; y para eso tiene a su disposición una monumental parafernalia de herramientas, cada vez más sofisticadas y poderosas: medios masivos de comunicación, especialistas en imagen, en manejo de masas, psicología publicitaria, iglesias fundamentalistas de corte neoevangélico, una clase política psicópata dispuesta a todo, profesionales de la mentira. “Miente, miente, miente. Una mentira repetida mil veces termina convirtiéndose en una verdad”, enseñaba hipócrita el Ministro nazi de Propaganda, Joseph Goebbels. No se equivocaba: la derecha es exactamente eso lo que hace a cada instante; la ideología capitalista encubre la verdad del sistema, es decir: la explotación.

Últimamente esa derecha ha encontrado un nuevo “nicho” de maniobra ideológica con el tema de la “corrupción”. Puede decirse que lo hecho por la estrategia estadounidense durante el 2015 en Guatemala fue su laboratorio. A partir de ahí, con resultado exitoso –se consiguió movilizar a parte de la población, básicamente clase media urbana, con lo que pudo desplazarse del poder al por entonces presidente, Otto Pérez Molina, acusándolo de hechos de corrupción– se repitió la maniobra en otras latitudes. Los casos de Argentina y Brasil fueron los más connotados. Aprovechando hechos reales de corrupción, se magnificaron las denuncias consiguiendo “indignar” a buena parte de la población, lo cual sirvió de base para frenar propuestas medianamente progresistas. Y así surgieron, respectivamente, un Macri –aliado servil del FMI y del Banco Mundial– y un impresentable Bolsonaro –un ex militar ultraderechista–.
                                     
¿La gente es tonta por aplaudir esas propuestas? La explicación resulta más compleja: la “tontera” no explica nada. El ser humano es, en términos colectivos, parte de una masa. Las operaciones psicológicas, es decir, las groseras manipulaciones de pensamiento y sentimiento de las masas, existen. Y por cierto: ¡dan resultado! “La masa no tiene conciencia de sus actos; quedan abolidas ciertas facultades y puede ser llevada a un grado extremo de exaltación. La multitud es extremadamente influenciable y crédula, y carece de sentido crítico”, anticipaba Gustave Le Bon a principios del siglo XX. Si las religiones por milenios estuvieron haciendo eso, las modernas técnicas de manipulación masiva (¡ingeniería humana se las llama!) no hacen sino llevar a grados superlativos esa tendencia, con precisión científica. El tema de la corrupción, indudablemente, posibilita esos manejos.                   

¿Cómo es posible, por ejemplo, que en un país como Brasil, con una de las distancias entre ricos y pobres más insultante del planeta, con millones de personas desocupadas, viviendo en condiciones indignas, con niveles de violencia cotidiana monstruosos, hayan permeado tan significativamente las denuncias de corrupción? Porque, sin dudas, ese manejo está muy bien hecho. La corrupción es una lacra, desde ya, pero ni remotamente constituye la verdadera causa de esa situación estrepitosa del país carioca. ¿La gente es tonta y solamente piensa en fútbol y el carnaval, como maliciosamente se ha dicho? No, en absoluto. Pero la ingeniería humana del caso apunta a que así sea.

La izquierda no tiene claro su rumbo

Junto a esta avanzada ideológica de la derecha, la izquierda parece estar sin rumbo. La represión sufrida en décadas pasadas paralizó grandemente al campo popular. El miedo aún está incorporado. Las montañas de cadáveres y ríos de sangre que enlutaron toda Latinoamérica en años recientes han dejado secuelas. La “pedagogía del terror” hizo bien su trabajo.

Por otro lado, el discurso mediático sin precedentes que va teniendo lugar a través de los medios comerciales y toda la parafernalia comunicacional (consiguiendo resultados evidentes), es una marea incontenible. La izquierda, además de no disponer de todos los medios de que sí dispone la derecha, no puede ni debe apelar a la mentira como método. “En política se vale todo”…, para la derecha. La izquierda mantiene posiciones éticas irrenunciables. La guerra de cuarta generación (guerra mediático-psicológica con operaciones encubiertas) no puede ser, nunca jamás, un medio de acción política revolucionaria. Si de algo se trata en el ideario mínimo de la izquierda, es la pasión por la verdad.

Pero ¿qué pasa que las poblaciones parecieran rechazar las propuestas de izquierda? ¿Será cierto que la misma “quedó desubicada de la actual metamorfosis del capitalismo”? Porque, sin dudas, el sistema capitalista se va reciclando a una velocidad fabulosa. Décadas atrás, con el auge de un capitalismo industrial, Estados Unidos entronizaba la imagen de “buenos” (acérrimos defensores de la propiedad privada) castigando a “malos” (quien osara enfrentar a esa propiedad). Hoy, con un desaforado capitalismo financiero y guerrerista, el mensaje cambió: se entroniza al “exitoso”, no importando cómo logre su éxito. De ahí que la nueva tendencia es vanagloriar al “que la supo hacer”. “Mate, robe, viole, transgreda, estafe, haga lo que sea… ¡pero conviértase en el Number One!”, pasó a ser la actual consigna. El capitalismo cambia, encuentra nuevas caras, atrapa con sus luces de colores. O, mejor dicho, enceguece. En otros términos: vive transformándose, ofreciendo nuevas mercancías.

Tomado literalmente eso de “saber adecuarse a la metamorfosis del capitalismo”, podría hacer pensar en la necesidad de “actualizarse” siguiendo los tiempos que corren, con lo que dejaríamos de hablar de lucha de clases para centrarnos en buscar paliativos, amansar al sistema, hacer un capitalismo de rostro humano. Pero ello no es así. Hoy como ayer, “no se trata de reformar la propiedad privada, sino de abolirla; no se trata de paliar los antagonismos de clase, sino de abolir las clases; no se trata de mejorar la sociedad existente, sino de establecer una nueva”, como dijera Marx hacia 1850. Pero no caben dudas que el llamado de la izquierda no termina de cuajar. Impactan más las iglesias neopentecostales y un llamado apocalíptico que la consigna de luchar aquí en la tierra.

Ahora bien: estos progresismos, supuestamente a la izquierda, que atravesaron varios países de Latinoamérica en años recientes, no constituyeron, en sentido estricto, propuestas de transformación real. Fueron buenas intenciones (matrimonio Kirchner en Argentina, el PT en Brasil, etc.), pero no tocaron los resortes estructurales de sus sociedades. Por tanto, no hubo ningún cambio sustancial. Y sumado a ello, no dejaron de moverse con las prácticas corruptas y clientelares de cualquier partido político de la derecha. En otros términos: resultaron una muy mala –quizá pésima– propaganda para la izquierda.

Llegados a este punto, la izquierda –la que sienta que aún la revolución socialista sigue siendo posible y necesaria, aquella que sigue fiel al ideal marxista de “no mejorar la sociedad existente sino establecer una nueva”– debe formularse una profunda autocrítica. Es hora de reflexión. ¿Por qué puede ganar una propuesta de ultraderecha en las favelas más pobres? ¿Qué está pasando?

Además de los golpes sufridos, además de las más refinadas técnicas de manipulación de masas de que dispone la derecha, ¿qué se está haciendo mal en la izquierda?

Por lo pronto, y como mínimo, tener claro que las propuestas tibias, de progresismo superficial, de socialismo sin socialismo, más que contribuir a avanzar en la justicia social, terminan siendo un tiro por la culata. Valen palabras de Rosa Luxemburgo de 1917 cuando analizaba la naciente revolución bolchevique: “No se puede mantener el «justo medio» en ninguna revolución. La ley de su naturaleza exige una decisión rápida: o la locomotora avanza a todo vapor hasta la cima de la montaña de la historia, o cae arrastrada por su propio peso nuevamente al punto de partida. Y arrollará en su caída a aquellos que quieren, con sus débiles fuerzas, mantenerla a mitad de camino, arrojándolos al abismo”.

Quizá la peor atadura que pueda tener la izquierda es su miedo, su propio temor a autocriticarse, su conformismo. Si “ser realistas es pedir lo imposible”, tal como rezaban las consignas del Mayo Francés de 1968, pues habrá que ser un soñador con los pies sobre la tierra, ser utópicamente realistas.

Sin dudas luego de la derrota sufrida en las pasadas décadas por parte de la izquierda y el campo popular, luego de años de silencio y dolor, una propuesta medianamente progresista que hablara de redistribución de la riqueza –tal como empezó a suceder en varios países de América Latina en estos últimos años– parecía ya un fenomenal avance. Pero luego del deslumbramiento inicial, ahora podemos ver que la izquierda sigue ausente, golpeada, secuestrada. Hay que reflexionar tranquila, serena y muy profundamente sobre estos tópicos. Quizá es momento de revisar supuestos básicos, no para negarlos, sino para enriquecerlos.

La mentira de la derecha, aunque se pavonee victoriosa, está sentada sobre una bomba de tiempo, pues sabe –aterrada– que en algún momento las clases oprimidas, que nunca desaparecieron de la lucha, pueden volver a tomar la iniciativa. La cuestión es cómo encontrar los caminos que devuelvan la posibilidad de tomar esa iniciativa. El debate está abierto.