viernes, 23 de noviembre de 2007

LA RADIO EN CUBA.





Por Luis Sexto
Los norteamericanos introdujeron la radio en la Isla en 1922. Hacía solo dos años que había aparecido en los Estados Unidos Oscar Luis López, en su libro ya clásico, La radio en Cuba, nos ha suministrado los datos primordiales. La Cuban Telephone Company fundó la emisora PWX. Qué aspecto de la vida cubana entonces no se sometía a la influencia de los Estados Unidos. Hasta la música, que pronto asimiló las influencias transformándolas en un plato criollo. Igual la radio.
Aunque los anuncios se referían mayoritariamente a productos norteamericanos, y la técnica también procedía del Norte, el talento criollo adecuó el medio. Y plantaron sus difusoras pioneros cubanos: el mambí y músico Luis Casas Romero, en La Habana; Manolín Álvarez en Caibarién… De modo que la radio se convirtió en el medio principal: noticias, información, espacios culturales como la Universidad del Aire con el que el escritor Jorge Mañach intentó difundir “la alta cultura”. Y Félix B. Caignet aplatanó la “soap opera” inventada en Chicago en 1928. Y se erigió en líder de las radionovelas en español, tal un “Shakespeare del melodrama”, como lo llamó el mexicano Vicente Leñero en un reportaje paradigmático titulado: “El derecho de llorar”, parafraseando el famoso título del Derecho de nacer, el clásico mundial de Caignet.
Evaluando mis memorias infantiles y sumándoles mis observaciones profesionales durante más de 35 años de periodismo, puedo aseverar que la radio fue el primer medio masivo en Cuba antes de 1959. los nacidos en la década de los 40 del siglo XX, recibieron los primeros conceptos de justicia mientras oían, de pie sobre un taburete, los episodios de Leonardo Moncada, el Titán de la llanura, que escribía Enrique Núñez Rodríguez. Pocos de aquella época deben de haber olvidado los atardeceres cuando hacia las siete sonaba en casi todos los hogares la música aguda, a base de cuerdas, que daba paso a la voz incomparable de Eduardo Egea –Moncada- y la del juvenil Ramón Veloz en el papel de Pedrito Iznaga. Escasas oportunidades para el esparcimiento o la instrucción había en mi pueblito pobre y remoto. Nos salvaban esas aventuras, y Los tres Villalobos, y la novela Palmolive, y La tremenda corte, y Chicharito y Sopeira…
La radio no apareció en Cuba para desplazar la lectura, como algunos pronosticaron, sino para auxiliar al libro, o ayudar a cuantos no podían leer. Incluso, en las tabaquerías empezó a convivir con el lector, nunca a sustituirlo. Tampoco la Televisión la arrinconó. Y siguió siendo, en particular, el medio de los analfabetos y de los pobres. Podían los obreros y los campesinos contar con un receptor de radio –eléctrico o de batería; un televisor, sin embargo, era artículo de lujo. Mi padre compró un Philco en 1957, aprovechando un jornal milagroso de seis pesos al día. Y al cabo el vendedor se lo quitó: no pudo pagar los plazos.
La tradición se mantiene: música, humor, novela, noticias, instrucción... El cubano de hoy, el de la Cuba profunda, en provincias, regularmente mantiene hábitos, costumbres e insuficiencias de 50 años atrás. Oír radio es un hábito. Una necesidad. No una insuficiencia. Más bien las insuficiencias radican en el escaso valor que le atribuyen los organismos oficiales a ese medio, que en 2007 cumplió 85 años. Más de 70 emisoras, entre nacionales, provinciales y municipales, continúan presentando sus ventajas sobre la TV. La radio es menos costosa, como sabemos. Y exige menos inmovilidad del oyente, que puede simultanear su oído con las manos y los ojos. Oye radio mientras trabaja. Ahora bien, me parece que está relegada. Los colores de la pantalla nos han obnubilado; abundan los telerreceptores. Los aparatos de radio, en cambio, escasean.
Hacia 1993, cuando en Cuba empezaron a aplicarse ciertas reformas económicas, y los centros laborales se convertían en “parlamentos obreros”, pude constatar en las asambleas donde estuve como reportero o como invitado, que las ideas debatidas en “Hablando claro” un programa aparecido ese año y del cual soy aún uno de sus comentaristas- se expresaban recurrentemente y a veces los participantes citaban el nombre del espacio. Ello me confirmaba la incidencia abrumadora del medio radial

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