viernes, 21 de septiembre de 2018

Quince motivos que generan tristeza, aunque acaso la confesión sirva de poco


Escrito por  Luis Toledo Sande/ La Pupila Insomne
1/ Que haya libreta de abastecimiento, o que sea necesaria; más, mucho más entristecedor sería que se eliminara al precio de dejar a quién sabe cuántas personas sin la seguridad de adquirir para alimentarse los productos básicos que ella les garantiza y para muchas son fundamentales, aunque resulten insuficientes: peor sería privarlas de todos.

2/ Que haya personas inescrupulosas que medren con el acaparamiento y las ventas ilegales, y no pocas veces cuenten con la complicidad de otras, inescrupulosas también, que incumplen sus responsabilidades más elementales y obedecen a sus intereses más egoístas.

3/ Que esos delincuentes, y otros, fabriquen o simplemente encuentren a mano, y aviesamente los usen para justificar sus actos, pretextos como la insuficiente producción o el precario nivel del mercado mayorista que debió acompañar la apertura de negocios privados, en los cuales ahora un cliente —que tenga dinero para ello, huelga decir— puede adquirir productos y artículos que desaparecen de los establecimientos que así quedan cada vez más lejos de cumplir su cometido como propiedad de todo el pueblo administrada por el Estado.

4/ Que, frente a los males vividos, prospere la idea de que bastan medidas dictadas por las circunstancias inmediatas y, lejos de buscar soluciones más profundas y de mayor alcance, pueda optarse por multiplicar o eternizar recursos como el racionamiento mecánico, que abre a su vez caminos para la corrupción, o los refuerza, validando aquello de que, “o no llegamos, o nos pasamos”.

5/ Que, con varios años ya en el paso apreciable y creciente de fuerza de trabajo del sector estatal al privado, y el correspondiente pago de impuestos al erario público —aunque sería ingenuo suponer que nadie defrauda al fisco en un contexto minado por ilegalidades—, esa realidad aún no se revierta tanto como urge en el salario de quienes se mantienen trabajando en el área de la propiedad social, mientras hay quienes se sienten felices siendo explotados por propietarios que les pagan salarios que el sector social no puede ofrecer o, de hecho, aún no ofrece.

6/ Que las deficiencias del mercado y de la producción, y señaladamente el desequilibrio entre el salario de las mayorías trabajadoras y el costo de la vida, abonen la ilegalidad y la inmoralidad, y la vagancia, con justificaciones que pueden perdurar incluso después de que la nación haya alcanzado la solvencia económica a la que está llamada para bien del pueblo.

7/ Que la desesperación causada por las insuficiencias pueda instalar en quién sabe cuántos la peregrina idea de que la solución está en el culto de la propiedad privada, en sucumbir a un sentido de libre empresa que ya no se da ni siquiera —o no es relevante— en los países donde la concentración de la propiedad ejerce una capacidad de control arrolladora.

8/ Que cuando alguien repudie la corrupción y otras lacras haya quienes le salten al cuello como si fuera el culpable de los males, y terminen justificando de algún modo la realidad repudiada, como si nada hubiera que hacer contra ella, salvo acatarla.

9/ Que, invocando en tal entorno el ineludible perfeccionamiento de la obra revolucionaria, se propale la idea de que defender la equidad equivale a perpetuar un igualitarismo frustrante, y a buscar atascos en lo viejo, como si el capitalismo fuera una novedad y la proliferación de ricos y millonarios garantizara el bienestar de la mayoría, y el socialismo —que aún no se ha construido plenamente en parte alguna del planeta— fuera lo viejo, lo caduco.

10/ Que la ofensiva del capitalismo, en cultura y en todo, contra los afanes socialistas —contra los cubanos en particular— alcance los éxitos que consigue, auxiliada por algunos que ni siquiera la ven, o no quieren verla y niegan que exista, si es que no se erigen como sabios, como ángeles o dioses ecuménicos preparados para desautorizar a quienes se esfuerzan por enfrentarla, como si estos fueran una secta maldita.

11/ Que, por no mirar más allá de los pies para no caer en el primer tropiezo, se pierda de vista el horizonte que debe buscarse para que de veras valga la pena el esfuerzo de andar.

12/ Que la capacidad de supervivencia y el éxito personal de oportunistas y falsarios, y errores que perduran más de lo acaso inevitable, socaven crecientemente la confianza que el quehacer revolucionario necesita y debe ganarse y mantener en la población, para que esta siga abrazándolo de manera resuelta.

13/ Que algunos cambien de casaca con tal facilidad que mueven a pensar que nunca llevaron bien puesta la anterior, aunque mostraran pasión al usarla, y hasta hicieran daño cuando la vistieron hasta que dejó de serles rentable.

14/ Que deficiencias y dificultades —a veces objetivas, subjetivas a veces— propicien el escamoteo de los grandes logros de la Revolución, empezando por la soberanía, la dignidad y el afianzamiento de bases para la equidad social, o incluso mengüen el peso y la efectividad que esos logros merecen tener.

15/ Que la prensa no acabe de ser elevada a los niveles de eficacia que sus mejores profesionales —no son pocos— han demostrado que pueden mantener y que, sobre todo, el país necesita.

Ojalá no hubiera motivos tales para la tristeza, ¡ojalá! Pero los hay, y no precisamente en pequeña medida. Por fortuna, frente a ellos sigue en pie algo que avala el entusiasmo y da fuerza: hechos tales recuerdan los obstáculos —si es que no coinciden con ellos— contra los cuales se ha empinado la voluntad revolucionaria y se han acometido revoluciones, imperfectas, pero fundadoras. Que ciertas tendencias de la actualidad mundial y local no favorezcan percatarse de ello, será otra cosa.
En La Habana, a 20 de septiembre de 2018.

Tomado de La Pupila Insomne

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