martes, 7 de junio de 2016

Bibliotecas

La biblioteca provincial de Matanzas Gener y Del Monte
La biblioteca provincial de Matanzas Gener y Del Monte
De niña, siempre fueron mis lugares preferidos. Las asociaba con lo infinito: tantos estantes, tantos libros que me faltaban por leer, miles de historias que aún no disfrutaba. Eran como lagos transparentes ante la sed de conocer.
Recuerdo entrar a la Gener y Del Monte de la mano de mi hermana, que ya tenía edad suficiente para portar el carné de lectora, y pedía en préstamo libros para ella y para mí. Recuerdo la penumbra, las caras inteligentes de quienes leían bajo las lámparas amarillas, aquella carta de amor que me encontré en un volumen… pero sobre todo el olor.
Es lo que más me atrae de las bibliotecas, su olor a polvo dulce a libro viejo, a saber antiguo.
En cada escuela la biblioteca fue mi refugio y las bibliotecarias grandes amigas; en ellas pasé muchos años de lectura desordenada y desenfrenada. No temo decir que la física, la química, la matemática, no dejaron mucha huella en mí, salvo elementales nociones; sin embargo, a cada página amarilla que devoré en esos sitios debo cuanto soy y cuanto escribo.
Agradezco a las señoras de hablar melodioso, ajenas al ritmo atropellado de un centro docente, emocionadas si veían a algún niño entrar en su templo y llevarse un libro a casa. Por sus orientaciones, por los maravillosos concursos escribí mis primeros poemas y también los de hoy.
Por ellas leí Los tres gordiflones, Juan Quinquín en Pueblo Mocho, Doña Bárbara, Los pasos perdidos, Los miserables…
Las bibliotecas marcaron mi infancia y adolescencia. Pensar en ellas trae a mares la nostalgia.
Mi propio carné
Mi propio carné
Tal vez esa es la razón de mi tristeza cuando miro a la Gener y Del Monte casi desmantelada, con tan pocos libros, con escasos servicios, con rostro de casa sin alma. Dicen que las golondrinas se han instalado en su techo y no hay quien las saque, que esa es la razón por la cual después de una reparación cuyos resultados aún no se perciben no ha vuelto a ser la misma.
También hay historias, casi de terror, de ejemplares únicos robados, vendidos, convertidos en pulpa… me estremece escucharlas.
No sé cuándo llegará la solución, ojalá no sea demasiado tarde. Ningún pueblo, absolutamente ninguno, merece ver morir sus bibliotecas.

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